

El desarrollo de la industria turística, ha llegado a poner al alcance de todos el placer de viajar. Hoy casi cualquier persona con unos mínimos recursos económicos y sin necesidad de ningún espíritu aventurero, ni de pasar incomodidades, puede presumir en la cafetería de turno de haber pasado sus vacaciones en un lugar más o menos exótico. Viajar pues, ya no es un placer reservado a las clases pudientes o a los aventureros. Hoy desde el aristócrata al empresario, pasando por su vecina del quinto, tienen en su currículum algún que otro viaje que contar y una buena colección de infumables fotografías y vídeos domésticos en los que el o la protagonista, aparece en bañador y camiseta de tirantes ante el monumento, o rincón imprescindible del destino elegido.
"Aquel que viaja mucho acaba por saber más que aquel que vive muchos años", reza un antiguo proverbio marroquí. Hace poco más de medio siglo, eso era una realidad. Viajar era una instructiva aventura, incluso para los viajeros más pudientes. Pero... ¿realmente esto es así hoy en día? ¿realmente puede decir que "sabe más" aquel ser humano que ha pasado quince días en un complejo turístico en régimen "todo incluido" en Varadero? ¿o aquel que visitó Marruecos y se adentró en la medina de Fez junto con otros cuarenta turistas y un guía oficial, mientras los niños locales mendigaban un dirham junto al grupo?
Creo sinceramente que no. Viajar, para mí, y para otros muchos viajeros que todavía conservamos el espíritu aventurero de los viajeros de antaño, es lanzarse a la aventura, a lo desconocido, y preferentemente, hacerlo en solitario.
En estas páginas iré incluyendo crónicas, muchas veces sin siquiera fotografías - no me gusta llevar cámara -, en las que intentaré narrar lo mejor posible, otra manera de viajar. La que plantea cada viaje como una experiencia vital.
Juan Carlos Enrique
Abril 2005
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