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crónicas de viajes : colombia
Viajes

Colombia 2008: Cali, Cartago, Pereira, Bogotá y el Amazonas de las tres fronteras
Texto: Juan Carlos Enrique / Fotos: Juan Carlos Enrique

 

DE VUELTA A COLOMBIA
(16/12/2007)

Los días previos a un viaje no siempre los vivo del mismo modo. Supongo que esto tiene mucho que ver con mi anímico y psicológico. Antes de emprender un viaje, a veces siento pereza, otras ansiedad o incluso cierto malestar, otras simple felicidad y deseo. Esta vez me ocurre precisamente esto último. Estoy feliz y deseoso de dejar atrás por unos días el estrés, el reloj, el trabajo, la rutina... y lanzarme a mi segunda gran aventura colombiana. Han sido unos duros meses.

El próximo día 27 de diciembre, tras pasar la Nochebuena y la Navidad como siempre con mi familia, volaré hacia Colombia. Primera parada: Santiago de Cali. Allí me espera mi buen amigo Mauricio y su gente, para vivir con ellos la mundialmente famosa Feria de Cali y la entrada en el nuevo año. Después... improvisaré. ¿La misteriosa selva de la región de Amazonas? ¿Medellín, la mítica ciudad del imperio de Pablo Escobar? ¿El Pacífico desconocido de Buenaventura? ¿La siempre peligrosa Bogotá? ¿El sosegado ritmo caribeño de Cartagena, Santa Marta y Barranquilla? No hay planes. Una vez más, espero que buena parte de este viaje venga a mi encuentro. Y como siempre, lo contaré puntualmente en este blog.

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COMIENZA EL VIAJE
(26/12/2007)

Las últimas horas antes de la partida, son casi una rutina sagrada que nunca dejo de realizar. Algunas compras de última hora: medicamentos, algún libro para el viaje, algún pequeño detalle... Y después, la noche previa, el ritual de preparar el equipaje, siempre intentando llevar el menor peso posible. Algunos útiles de aseo, algunos útiles sanitarios, un par de pares de zapatos cómodos, un par de bañadores, dos pantalones de algodón, una camisa, dos camisetas... y nada más. Ah, y mi máscara del buceo, imprescindible si finalmente visito el Caribe colombiano. Mi miopía me obliga a llevar siempre mi máscara graduada.

El próximo post, desde Colombia. Ahora, a descansar.

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NO EMPEZAMOS BIEN. LA FIESTA TENDRÁ QUE ESPERAR.
(28/12/2007)

A los viajes transoceánicos uno no acaba de acostumbrarse. Son muchas horas de aeropuerto en aeropuerto y demasiadas dentro de un avión comercial en el que se ha aprovechado al máximo el espacio dejando sin posibilidad de movimiento a los pasajeros dentro y fuera de su plaza.

Ayer salté una vez mas el charco. La tercera este año. Y la rutina del viaje, no por conocida, resulta menos agotadora. De Castellón al aeropuerto de Valencia -gracias, palpi -, de Valencia un breve vuelo con Iberia a la terminal 4 de Barajas-Madrid. Ahí un buen rato de espera para al final subir a un nuevo vuelo trasatlántico de Iberia, que tras diez horas, retraso incluido, me llevó a la terminal internacional del aeropuerto El Dorado de Bogotá. De ahí en autobús a la terminal nacional desde donde salen infinidad de vuelos operados por Avianca para todos los rincones del país. Un par de horas de espera amenizadas con una cerveza Club Colombia, empanadillas de carne locales y un buen café tinto -café largo, dulce y claro-, y de nuevo a un avión para realizar un vuelo de escasa media hora hasta Santiago de Cali.

A la llegada al aeropuerto no conseguí localizar a la persona que presuntamente había enviado mi amigo Mauri para recogerme, dado que él andaba embullado en el concierto mas importante de la Feria de Cali, el Superconcierto, que aquí se vive con intensidad. Uno es hombre de recursos y acabe llamando a Anita, la ex de Mauri, también residente en España, quien por supuesto, me acogió en la casa de su familia para que pudiese descansar tras el viaje. Así es la hospitalidad de esta gente.

Hoy amanecí con una fuerte infección de oído que acabo totalmente con mi vitalidad. Ni el delicioso café tinto colado con mimo por el anciano tío de Anita, ni las arepas con huevo que desayuné, acabaron de ponerme a tono. Haciendo acopio de fuerzas he salido de la casa a mediodía para acercarme al inmenso centro comercial Universo, muy cercano a la casa de Anita y su familia para escribir este post y hacer algunas compras básicas. Pero no ando en condiciones....

Esta tarde la Feria de Cali ofrece un gran desfile, conciertos por toda la ciudad, corrida taurina con Cesar Rincón en su despedida que se prevé de máximo interés, feria de la cerveza... pero no me veo todavía con fuerzas, lo cual, me entristece.

Pese a que Mauri ya apareció tras la fiesta de ayer y me llamo para ir a tomar cervezas a una piscina... No he tenido más remedio que no aceptar la invitación.

Hoy me tomare el día con mucha calma... Sin salud no puedo disfrutar del viaje.

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LA FERIA DE CALI. TOROS Y RUMBA.
(29/1/2007)

No hay nada que un día de reposo no pueda solucionar. Finalmente hoy sí pude disfrutar al menos de manera moderada de la mundialmente famosa Feria de Cali. Conviene recordar que esta festividad tiene su origen en la celebración de una feria taurina, a la que se han ido incorporando manifestaciones festivas en forma de desfiles, expresiones varias de cultura popular y sobre todo mucha música. La Feria de Cali, que se celebra cada año desde el 25 de diciembre y hasta el 1 de enero, celebra este año su cincuenta aniversario, por lo que a priori, esperaba mucho de esta celebración.

En compañía de Anita y su hermano Juancho, mis anfitriones en Cali, me dirigí a mediodía a la Plaza de Toros de Cañaveralejo, con la intención de conseguir unas buenas entradas para la corrida de la tarde. Seis toros seis, de la ganadería colombiana Puerta de Hierro, para los maestros Ferrera, Castella y Bolívar. Casi como el chiste, un español, un francés y un colombiano nacido en Panamá, eso sí. Las conseguimos tras una larga cola y disfrutar del ambiente previo a la corrida en el que los vendedores de botas llenas de aguardiente, ron o un extraño vino manzanilla color naranja, los de los tradicionales sombreros, y los de carnes y embutidos a la brasa del cercano Palacio del Colesterol -adecuado nombre-, asaltan a los muchos rezagados que están consiguiendo sus entradas para la corrida que se celebrará un par de horas después.

Tras un almuerzo en un piqueteadero cercano a la plaza, consistente en una excelente sopa de legumbres y verduras aromatizada con cilantro y un enorme plato con lentejas, plátano frito, arroz y carne, volvemos a la Plaza de Toros para irnos empapando del ambiente.

En Cañaveralejo el ambiente es excepcional. Las archifamosas bellezas caleñas, casi todas esculpidas a golpe de bisturí, se mezclan con grupos de hombres gritones aferrados a sus botas llenas de aguardiente.
Los escasos turistas anglosajones que pululan perdidos por la plaza se confunden con el batallón de jóvenes promotores de ventas, que te ofrecen desde una gorra de Alka Selzer, hasta un chupito de la última novedad
en aguardientes del Valle.

El ambiente es colorista, musical. Se respira, se siente. Agrada. Es como el de una plaza de toros española,
pero con un toque tropical que le da un encanto fascinante.

Un poco más tarde de las cuatro de la tarde, suena el himno nacional de Colombia y acto seguido el himno del Valle, el de los caleños. El público lo canta de pie al unísono y aplaude a rabiar al terminar. Acto seguido, entra en escena la amazona. Una mujer elegida por su belleza pero también por su habilidad con su montura. Es aplaudida a rabiar. Y después el habitual desfile de los maestros y subalternos. El público enloquece.

A partir de ahí, me permitirá el lector que sea parco en la descripción de la corrida. En primer lugar porque no soy un gran aficionado y no sabría describirla con exactitud. Y en segundo lugar porque reconozco que aunque a fuerza de asistir a corridas casi por obligación he conseguido apreciar en parte la esencia de esta fiesta, sigo teniendo serios problemas morales con la tortura y ejecución pública de un animal. Sólo diré que la corrida se vivió en un ambiente festivo donde el alcohol, las risas, los gritos y los olés apasionados no cesaron ni un instante en toda la tarde. Según uno de mis vecinos de tendido, aquella tarde, en la que Ferrera salió a hombros y Bolivar y Castella cortaron orejas, fue la más memorable de las seis celebradas hasta la fecha. Y eso que la corrida del día anterior, la primera de las dos que ofrecerá en la Feria de Cali el ídolo colombiano César Rincón y que le servirán de despedida, fue aplaudida y celebrada en la televisión, radio y prensa caleñas como "histórica".

Una tarde memorable, sin duda, en la que comprendí por qué la feria taurina de Cali tiene fama mundial.

Eso sí, la decepción de la jornada vino después. Tras la corrida, Anita, Juancho y yo abandonamos la plaza animados y con ganas de echar unos bailes en alguna de las zonas de la ciudad donde se celebran conciertos coincidiendo con la fiesta. A esas tempranas horas, la zona aledaña al estadio de fútbol donde nos desplazamos, no presentaba prácticamente ninguna actividad. Posiblemente no elegimos bien la zona. Pero no pude dejar de recordar el ambiente que se vive a todas horas del día en las calles de Santiago de Cuba coincidiendo con su Carnaval, que tan intensamente he vivido ya en dos ocasiones.

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CONVIVIR CON LA VIOLENCIA. EL DÍA A DÍA DE LOS COLOMBIANOS.
(28/12/2007)

A los ojos europeos sorprende lo acostumbrados que están los colombianos a convivir con la violencia. No en vano, Colombia ha sido considerado hasta hace pocos años como el país más peligroso del planeta -hoy es superado por Irak, por ejemplo-, por sus elevadísimos índices de delincuencia y su índice de asesinatos violentos, uno de los mayores del planeta. Colombia tiene problemas con las guerrillas, con los paramilitares, con los capos de la coca, con los delincuentes comunes y hasta tiene un elevado problema de violencia de género.

Sin embargo los colombianos están tan acostumbrados, que ya casi ni se habla de los asesinatos que diariamente ocurren en las ciudades del país. Ni siquiera los medios de comunicación prestan especial atención a estos asesinatos "de andar por casa", de los que se producen por asaltos o ajustes de cuentas. Como muestra, contaré un caso ocurrido anteayer. En la tarde del día 27, a las seis de la tarde, en la principal calle comercial de Cali hubo un asesinato. El presidente de una importante compañía minera andaba en su Mercedes por esta céntrica avenida donde se encuentran los más exclusivos comercios, restaurantes y discotecas. El empresario acababa de dejar a su escolta hacía pocos minutos vigilando a su hija. De repente, en plena calle y ante cientos de testigos, un número indeterminado de sicarios en motocicleta rodeo el vehículo acribillándolo a balazos y acabando con la vida del empresario. Nadie vio nada.

La noticia del asesinato del empresario no conseguí escucharla por radio ni verla por televisión. Eso sí, agudizando la vista, conseguí ver la reseña de la misma que hacía El País, el diario de mayor difusión de Cali. Apenas una noticia breve a una columna en la última página del periódico. Nada más. En portada, la elección de la reina de la belleza de la Feria de Cali, ah, y el asesinato de Benazir Bhutto en Pakistán.

¿Imagina, querido lector, el tratamiento que la prensa madrileña hubiese dado al asesinato a balazos de un presidente de una compañía importante en la calle Serrano de la capital a las seis de la tarde delante de cientos de testigos?

Como me cuenta el bueno de mi amigo Mauri, colombiano que trabaja en España y que en estos días anda por Colombia, el problema de este país es que la vida de una persona no vale nada. Si tiene un problema con alguien, este alguien encontrará por un puñado de pesos, a un sicario que te asesinará en plena calle y ante los tuyos.

Ah... La breve nota publicada en El País afirma que la policía investiga a la exmujer del empresario asesinado. Sospechan que ella haya podido encargar el trabajo.

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EL NORTE DEL VALLE: PEREIRA Y CARTAGO
(30/12/2007)

Esta mañana amanecí temprano. A las seis y media de la mañana estaba ya en la Terminal, la central de autobuses de Cali, después de despedirme de Anita y de agradecerle su hospitalidad, que hace honor a su carácter colombiano. Tras realizar unas rápidas gestiones en la atestada terminal, repleta a esa hora de viajeros que parten hacia los más recónditos rincones del país a pasar el fin de año con sus familias, compro una boleta para la buseta de las 7.00 am de la compañía Panorama, una de las que ofrecen un mayor confort y rapidez en el servicio.

En poco más de dos horas de viaje hacia el norte por las tranquilas y amplias carreteras del eje cafetero, en las que el experimentado chófer realiza adelantamientos auténticamente endiablados, llegamos a Cartago Valle. Son las nueve y media de la mañana.

Cartago fue la primer ciudad de Colombia que conocí en mi anterior viaje, tras el paso rápido por los aeropuertos de Bogotá primero y Pereira después. Esta ciudad, de la cual no se dice una sola palabra en las guías turísticas de Colombia, -¡ni siquiera en las Lonely Planet!-, dada su falta de atractivos turísticos y su actual conflictividad por las luchas entre clanes de la coca -últimamente salen a muerto por día, ¡y la cosa está tranquila!-, es la ciudad natal de Mauri, el amigo colombiano que me invitó a descubrir su país en 2005. Nunca dejaré de agradecerle aquella invitación.

Aquí, en Cartago -una ciudad grande y fea como dicen los propios colombianos-, será donde pasaré el fin de año, integrado como uno más en la familia de Mauri. La noche de fin de año, en Colombia, a diferencia de en España, se vive en familia. Aquí las familias al completo se reunen para comer, beber y bailar durante toda la noche. Y no tienen reparos en adoptar a un viajero como yo como uno más de la familia.

De hecho ya conocía a toda esta gente maravillosa con la que hace unas horas me reencontré, en el popular barrio de San Jerónimo, justo donde el puente amarillo. Mi querida Sandra -hermana de Mauri- y su reencontrado chico El Flaco, los siempre embullados hermanos de Mauri, la mamá, las tías, Kevin y los otros niños, El Negro -tipo que nunca supe si es familia de alguien o simplemente pasó un día por allí y lo acogieron-, el Sargento -casado con otra hermana de Mauri-... Esa es la gente con la que pasaré la noche de fin de año y también el primero de año, ya que la fiesta continuará en el campo durante toda la jornada siguiente....

Señor, ¡dame fuerzas para soportar el impacto del Aguardiente Antioqueño! :)

Si quieres leer más sobre Cartago, ve a la crónica de mi viaje de 2006, pulsando aquí



Unas cervezas Poker a mediodía con mis amigos Mono, Flaco y El Sargento en un bar del barrio de San Jerónimo de Cartago. (foto: Mauricio Martínez)

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FIN DE AÑO EN SAN JERÓNIMO.
(31/12/2007)

En el popular barrio de San Jerónimo de la ciudad de Cartago Valle se viven con intensidad los preparativos para celebrar la despedida del año. En un barrio como este, donde la vida se hace en la calle y donde todos se conocen, se nota especialmente la actividad festiva. Grupos de niños y no tan niños rellenan ropa vieja con trapos y pólvora para fabricar los añoviejos. Se trata de un muñeco que se quemará a medianoche y que simboliza el año que termina. Los colombianos aprovechan estos muñecos para quemar sus demonios. Hoy se ven en las calles añoviejos que representan al presidente Uribe o al venezolano Hugo Chavez, otros simplemente tienen formas grotescas y divertidas, o incluso eróticas. Todos ellos arderán y explotarán esta medianoche en las calles de toda Colombia.

Otras tradiciones colombianas para recibir el año son el uso de incienso para limpiar las casas, o el recibir el año con doce ramitas de trigo en la mano para tener prosperidad, o atraer la suerte recibiendo el año con ropa interior amarilla -curioso- o también dar unas vueltas a la casa a medianoche con una maleta en la mano si lo que se quiere es poder viajar mucho en el año nuevo. Esto último prometo hacerlo, mi querido lector. Espero que mi mochila sirva igual que una maleta. :)

La celebración de la Nochevieja, a diferencia de otros lugares,
es una fiesta muy familiar. Esta noche todo colombiano que se precie celebrará una grandiosa cena en la que se comerá cerdo
o ternera en compañía de toda la familia. Estos días se vive en Colombia el mayor éxodo humano de todo el año, ya que millones de colombianos se desplazan por las carreteras y aeropuertos del país para reencontrarse con su familia y celebrar, entre tragos, esta noche de tan arraigado significado para este pueblo.

En la casa de Mauricio, andamos ya con los preparativos.
Hemos alquilado una carpa que instalaremos en la misma calle, dado que la inmensa familia de él, no puede instalarse en ninguna casa, dada la cantidad de gente.

Esta noche será larga y el aguardiente antioqueño correrá a raudales hasta que el sueño nos venza. Mañana, primero de enero, seguirá la fiesta. Lo tradicional en Cartago es desplazarse hasta el campo, normalmente al río. En nuestro caso, dado que podemos hacer un extra, hemos alquilado una casita de campo con piscina. Allí seguirá mañana la fiesta hasta el anochecer.

Entenderá, mi querido lector, que no publique post alguno durante las próximas horas. Primero andaré ocupado con esta larga fiesta y después... el guayabo me vencerá. Puede imaginarse el lector el significado de este término tan colombiano. :)

 

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Imágenes de la Nochevieja. El autor con Mauricio "Coroso" y una inmensa lechona.

 

 

NUEVOS PLANES DE VIAJE. LA VIDA SIGUE.
(2/1/2008)

La mala noticia del fallecimiento de mi amigo Juan Bautista Martínez, que conocí ayer, en plena resaca de nochevieja, ha provocado una caída en mi ánimo y un ligero cambio de mis planes de viaje. Pensaba partir hoy hacia Medellín, antes de continuar viaje hacia Bogotá, pero mi estado de ánimo recomienda refugiarme unos días más en Cartago, donde la gran familia que me acoge, me servirá sin duda de revulsivo emocional.

Eso sí, pese al mal trago de ayer, no dudé en dirigirme a una agencia de viajes para comprar un pasaje para volar a Leticia, el rincón más recóndito y misterioso de este país, totalmente aislado del resto del país y donde solo se puede llegar desde Colombia por vía aérea. La visita al lugar tiene su encanto. Primero hay que sobrevolar buena parte de la selva amazónica colombiana, lugar salvaje e inexplorado cuyos únicos habitantes son guerrilleros, paramilitares, narcos y cocaleros, aparte de algún indígena a punto de desaparecer del planeta. Después, uno aterriza en un lugar donde la autopista más cercana está a 700 kilómetros de distancia, y que tiene el encanto de ser el punto exacto donde Colombia, Perú, Brasil y el legendario Río Amazonas convergen.

Visitar este recóndito rincón requiere planificación previa, ya que como requisito obligatorio, se requiere la vacunación contra la fiebre amarilla, que debe realizarse al menos un mes antes de llegar al lugar. Y aunque no es obligatorio en frontera, si que es muy importante proveerse de profilaxis antimalaria, además de vacunas contra la hepatitis, tétanos y difteria. La selva amazónica es un lugar endémico de paludismo y otras enfermedades. El día 9 de enero volaré para allá. Voy preparado.

Hoy dedicaré el día a conocer la cercana ciudad de Pereira, o mejor, "Pereirita la Bella", como la llaman sus habitantes. Prometo post sobre esta excursión esta misma noche.

La vida sigue.

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PEREIRA, CAPITAL DE LA ZONA CAFETERA.
(2/2/2008)

Lo prometido es deuda, mi querido lector. Hoy visité Pereira, capital de la provincia Risaralda y ciudad más importante de la Zona Cafetera. Los pereiranos se refieren a ella como "Pereirita La Bella" y se sienten orgullosos de su ciudad y de su clima privilegiado, más fresco que otras ciudades del entorno. De Pereira escuché incluso que es el Hollywood colombiano. ¿Exceso de amor patrio? Pronto lo iba a comprobar.

Pereira está a apenas 35 kilómetros
de Cartago, provincia Valle del Cauca, mi lugar de residencia estos primeros días del año. Estas dos ciudades
están perfectamente comunicadas
vía carretera. La mejor opción es la compañía Colectivos del Café, que
tiene en Cartago su pequeña estación de autobuses en la carrera 9ª 8-45. Desde las 5 am a las 9 pm, cada diez
o quince minutos parten pequeños autobuses desde allí en dirección Pereira, por lo que el viajero no tiene apenas que esperar. El viaje, de poco más de media hora es de lo más agradable. El clima fresco de la zona y el agradable paisaje verde de los alrededores de Pereira, se disfrutan.

El autobús termina su recorrido en la capitalina Terminal de Pereira. El tamaño de esta instalación contrasta con la diminuta estación de Cartago. Aquí son docenas las compañías de transporte terrestre que operan y centenares los vehículos de todo tamaño que entran y salen incesantemente de ella. El transporte por carretera en Colombia es de lo más eficiente, y aquí se puede comprobar. (ver siguiente post para más información sobre el tema)

Desde la estación hasta la Plaza de Bolívar, centro neurálgico de Pereira, hay apenas dos kilómetros. Eso sí... ¡en loma buena parte del trayecto! Tras salir de la Terminal, la entrada a la ciudad por el Parque Olaya Herrera no decepciona. La amplitud de los espacios, con grandes zonas verdes y colosales centros comerciales prometen. Se ve que es una ciudad próspera y bien diseñada, al menos en su acceso sur.

Por todas partes se ven comercios de todo tipo y una intensa actividad a esas horas de la mañana. Pereira es la gran ciudad comercial y de ocio de la Zona Cafetera a donde acuden, especialmente en fin de semana, gentes de los alrededores, especialmente de Cartago, para acudir a hacer compras o ir al cine.

La Plaza Bolivar está presidida por una gigantesca escultura en bronce del líder independentista latino americano Simón Bolivar. La obra es el "Bolivar Desnudo" de Arenas Betancur, es una megalítica mole de casi diez metros de alto que representa a un Bolivar desnudo, montando a lomos de un picassiano corcel -su gesto me recuerda al caballo de El Guernica-. Seguramente una de las más atípicas representaciones del libertador. Frente al monumento, la grandiosa Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza, repleta de fieles cuando la visité. Este monumento, probablemente de finales del siglo XIX, primeros años de la fundación de Pereira, es en realidad un auténtico puzzle hoy en día. Las paredes antiguas de piedra terminan de manera casi aleatoria para dar paso a un atípico techado de madera. Según me informa mi guía Lonely Planet -somos inseparables-, el edificio ha sido afectado en varias ocasiones por desastres naturales y temblores de tierra que han obligado a varias reparaciones. De hecho en el momento de mi visita, sigue en reparación la fachada este del edificio.

Las siguientes horas las dedico a pasear sin rumbo por las calles del centro y centro sur de Pereira. Comparado con otras ciudades, como el propio Cartago e incluso como Cali, esta es una ciudad más ordenada, más limpia, más cuidada y con más vida. Pero claro... he visitado únicamente las zonas de la ciudad recomendables. Porque como me cuenta Pitita, mi amable acompañante en esta excursión, esta ciudad tiene barrios peligrosos, y feos... Pude ver un aperitivo en el departamento de Cuba, por el que el autobús pasa antes de llegar a la zona céntrica y elegante de Pereira.

A mediodía, tras tres o cuatro escasas horas de visita a Pereira, la ciudad no tiene mucho más que ofrecerme, y decido, un tanto decepcionado, regresar a Cartago a descansar.

Definitivamente Pereira no es para tanto. Veremos si Medellín, donde viajaré mañana, cumple mis expectativas. Que son muchas.

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DE INTERÉS: VIAJAR SEGURO POR CARRETERA EN COLOMBIA
(2/1/2008)

A estas alturas, observará el lector que no tengo problemas para moverme por Colombia con toda tranquilidad. En mi primer viaje a este país, por mi inexperiencia, afrontaba cada trayecto por carretera como una gran aventura. No es para tanto.

Haciendo un ejercicio sintético, trataré de dar al viajero las claves para moverse por Colombia con seguridad usando los servicios de transporte público por carretera.

1. Colombia tiene una excelente red de transportes por carretera. Todas las capitales de provincia tienen grandes Terminales o Estaciones de autobuses donde docenas de compañías operan hacia todos los destinos. No todas las compañías ofrecen la misma calidad de servicio. Conviene preguntar por el tipo de vehículo y precio en varias compañías antes de decidirse. Mejor tomarlo sin demasiada prisa. Hay muchas salidas diarias a cada destino.

2. Antes de realizar un desplazamiento por carretera, asegurarse que la ruta es segura preguntando tanto a colombianos como a la propia policía. Hoy en día muchas de las carreteras del país no presentan problema alguno de seguridad, dada la presencia de policía y ejército en las mismas. Como norma hay que evitar siempre carreteras secundarias y en zonas rurales. Informarse es fundamental. Una sugerencia: lea periódicos diariamente.

3. Si hay dudas sobre la seguridad de una vía, mejor no arriesgarse y buscar una combinación para realizar el mismo trayecto en avión. La compañía AVIANCA vuela a todos los rincones del país a precios razonables. Y los aeropuertos civiles son siempre zonas muy seguras.

4. Mejor viajar siempre de día. Disfrutaremos de los espectaculares paisajes de Colombia, tendremos menos probabilidad de accidente de tráfico y reduciremos la probabilidad de un asalto en caso de una carretera insegura.

Siguiendo estos consejos, uno puede moverse por Colombia con bastante seguridad. Eso sí, en este país nunca conviene bajar del todo la guardia.

DE INTERÉS: VIAJAR SEGURO POR CARRETERA EN COLOMBIA (II)

Precisamente hoy, en plena antesala de la operación retorno de las vacaciones de los colombianos, el diario El Tiempo, publica en su portada y páginas interiores información sobre los corredores viales colombianos donde se están produciendo en la actualidad mayores asaltos a transportes de viajeros y mercancías, algunos de ellos acompañados de gran violencia.

Según el reporte oficial, en la actualidad las carreteras más inseguras de Colombia son, de norte a sur del país:

PAILITAS-OCAÑA
COROZAL,- VALDIVIA-YARUMAL-DON MATIAS
AGUACHICA-SAN ALBERTO
OCAÑA-SARDINATA-EL ZULIA-CÚCUTA-BUCARAMANGA
SAN JOSÉ DEL NUS-PUERTO BERRÍO
HONDA-ALTO DEL TRIGO-VILLETA
CARTAGO-PALMIRA (¡esta la he recorrido!)
CALARCÁ-CAJAMARCA
CALI-SANTANDER DE QUILICHAO (también la he recorrido...)
ROSAS-LA MOJARRA

Para ver el artículo completo sobre el tema en El Tiempo pincha aquí

El informe también indica que la piratería terrestre se ha reducido en los últimos años, pasándose de los 3.260 asaltos registrados en 2000 a los apenas 444 en 2007. La política del presidente Uribe, reforzando la presencia policial y militar en las carreteras, ha dado sus frutos.

Es importante reseñar que la mayoría de los asaltos se producen de noche, por lo que es muy recomendable viajar de día.

Hay que tener muy en cuenta esta información y evitar moverse por vías conflictivas. Y en caso de vías presuntamente seguras, no bajar nunca la guardia.

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CAMBIO DE PLANES. OTRA VEZ.
(4/2/2008)

La aparición inesperada de una botella aguardiente antioqueño y buena compañía anoche me ha obligado a cambiar de nuevo los planes de viaje. Medellín tendrá que esperar.

That's life.

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LA PUTA MÁS COTIZADA DEL NORTE DEL VALLE
(6/1/2008)

Este es un cuento que perfectamente, podría ser real.

A sus diecinueve años, Selena es ya la puta más cotizada del Norte del Valle. Luz Elena, que así la llamó en realidad su mamá, tiene una mirada felinas y unas curvas imposibles que la han hecho la preferida del Paraíso, la casa de citas donde ella, cada noche ejerce de estrella ante la mirada mezcla de odio y admiración de las demás chicas. Todas se saben inferiores en belleza y magnetismo para hipnotizar a los hombres. Y es que Selena consigue controlar la voluntad de todos y cada uno de los hombres que tuvieron la suerte o la desgracia de ser elegidos por ella. Porque Selena elige con quien comparte y con quien no de los hombres que pasan por allí.

Selena controla a los hombres. A todos los que quiere controlar. A todos, menos a uno. A su propio padre. Aquel desconocido que vive en los Estados Unidos y que le enviaba un buen puñado de pesos puntualmente cada mes durante los primeros dieciocho años de su vida, la repudió hace apenas un año cuando él regresó a Colombia y se entero de la profesión de ella. Se acabó la plata del viejo. Pero a Selena poco le importó. Su orgullo de puta de éxito le impedía derramar una sola lágrima por aquel tipo que la abandonó a su madre y ella nada más nacer, para marcharse con una pelaita más joven y largarse del país. -Qué se joda ese hijoeputa gonorrea. Él nos abandonó y ahora se cree con derecho a juzgarme.-

Selena pasó de los brazos de su madre a los brazos y la verga de El Mono, su primer y único amor. A los catorce años se convirtió en la amante de aquel sanguinario sicario al servicio de uno de los jefes del cartel del Norte del Valle. Poco importaba que el pelao fuera treinta años mayor que ella, y que tuviera una mujer y Dios sabe cuántas amantes más. Y que además la golpeara cada vez que se emborrachaba. El dinero y sobre todo el temor que aquel hombre sin escrúpulos irradiaba hipnotizó a la joven Selena -todavía Luz Elena-, y se enamoró perdidamente de aquella bestia. Quién sabe si ella vio en él al padre que nunca tuvo. Lo amó con locura. Tanto, que celebró sus quince pariendo un niño de El Mono, en lugar de hacerlo con una gran fiesta en familia, como todas las muchachitas a su edad en Colombia.

Selena lloró como nadie la muerte de El Mono, pocas semanas después de que ella pariera. Al man lo mandó matar un jefe rival y tanto miedo imponía que tuvieron que enviar a ocho sicarios para acabar con él. Aquello fue una carnicería. El Mono, que estaba borracho después de haber estado con una de sus amantes, no pudo ni defenderse. Acabó convertido en una masa sanguinolenta dentro del taxi en el que se desplazaba aquella noche. Más de veinte balas envenenadas acabaron con su vida y con la del pelaito que tuvo la desgracia de darle servicio al fiambre aquella noche. Selena todavía recuerda la imagen del cadáver de su amado. No puede olvidar aquel cadáver por el que nada pudieron hacer en la funeraria para darle un aspecto digno.

Selena sigue hoy luchando por su hijo. Sola, sin el padre del niño, sin su propio padre y también sin su madre, quien acabó dejándola a ella y a su niño al cuidado de sus ancianos abuelos -o fue al revés?- para marcharse a Bogotá con un tipo que conoció Dios sabe cuando y Dios sabe donde.

Entre tragos de aguardiente antioqueño y sintiéndose la reina del Paraíso, Selena gana su buena plata cada noche mientras espera a aquel turista extranjero que un día cruzó la puerta de la casa de citas y la invitó a una botella. Selena sigue esperando hoy al tipo con el que se juró amor eterno, sin decir una palabra y sabiendo que ambos mentían. Ese tipo volverá un día, la besará en los labios y que la sacará para siempre a ella y a su hijo de aquella vida.... y de Colombia.

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DE PEREIRA A BOGOTÁ
(7/1/2008)

Hoy viajo por fin hacia Bogotá por carretera, desde la terminal de Pereira. Son ocho horas de viaje, -más si el tráfico se complica por algún accidente, algo habitual-, atravesando parajes montañosos, que promete y mucho. Precisamente por conocer mejor la orografía colombiana elegí hacer este viaje por carretera y no en avión. El pasaje para hacer el viaje en un monovolumen de la empresa Velotax, cuesta 39.000 pesos.

El viaje por carretera entre el Eje Cafetero y la capital, no decepciona. En línea recta hay poco más de 150 kilómetros entre ambas ciudades. En la práctica, hay cerca de 350 que se recorren por carretera en 8 largas horas. Esto se debe a que para llegar de una ciudad a otra uno debe atravesar dos zonas montañosas importantes, la Cordillera Central a través del Paso de la Línea y ascender parte de la cordillera Oriental hasta alcanzar la meseta donde se sitúa Bogotá a una altitud de unos 2600 metros sobre el nivel del mar.

Pero vayamos por partes, mi querido lector. Trataré de contarle las impresiones que se perciben en este viaje, que dividiré en tres etapas claramente diferenciadas.

PEREIRA-LA LINEA

Esta es la parte más interesante de este recorrido, pues en los primeros kilómetros, después del punto en que se supera la población de Armenia, la carretera discurre tortuosa entre verdes valles y escarpados picos montañosos. El aire se torna fresco y a partir de cierta altura la niebla invade la carretera. A lado y lado de la vía, extensiones de jungla aparentemente impenetrable se combinan con pequeñas parcelas de cultivo labradas en plena ladera montañosa. Aquí y allá humildes casas ofrecen al viajero el tradicional aguapanela con queso, una bebida caliente típica de las zonas montañosas y frescas. Durante todo el recorrido montañoso, van apareciendo militares y policías fuertemente armados protegiendo la carretera. Incluso diviso algunos vehículos blindados. Además, motoristas de la policía de carreteras con un agente manejando y otro atrás con un fusil de asalto, patrullan arriba y abajo. Tal y como recuerdan algunas pancartas situadas estratégicamente, "viaje tranquilo, su ejército está en la vía". Y vaya si lo está. La sensación de seguridad es total durante todo el viaje. Esta es una vía segura en la actualidad, y especialmente en el día de hoy, en plena operación retorno de las vacaciones de los colombianos.

LA LINEA-IBAGUÉ-MELGAR

Culminado al fin el paso de La Línea -3250 metros en su punto máximo-, y con medio pasaje de la van de la compañía Velotax mareado, se inicia el descenso que continua tranquilo, sinuoso, protegido y bien surtido de aguapanela caliente. En total, se necesitan unas tres horas para culminar la primera fase del recorrido y entrar en la provincia de Tolima, ya en el valle central del Río Magdalena. Al llegar a la capital de la provincia, Ibagué, el paisaje y la carretera se transforman. Ahora la carretera es fundamentalmente recta, nada de curvas. El paisaje, pese a seguir siendo verde, es notablemente más seco que el de la zona montañosa que dejamos atrás. El calor es infernal. En pocos minutos hemos pasado de tener temperaturas de menos de 10 grados, a temperaturas superiores a los 35. Este tramo es agotador, ya que a la altura de Melgar, a unos 50 kilómetros de Bogotá, encontramos un importante atasco debido a la operación retorno. Durante unos 45 minutos estamos totalmente detenidos, con un calor asfixiante ya que el vehículo no tiene aire acondicionado. Por todas partes, vehículos con matrícula de Bogotá que hacen sonar en claxon y manejan con movimientos nerviosos. Todos tratan de llegar a la capital.

MELGAR-BOGOTÁ

Superado el atasco, la carretera comienza a ascender muy poco a poco. Va cayendo la tarde, lo que sumado a la altura, hace que de nuevo la temperatura sea agradable. Un poco más allá de Melgar, una agradable sorpresa: debido a la operación retorno la policía de carreteras ha habilitado un tercer carril en dirección a Bogotá, que se suma a los dos que ahora tiene la carretera. El tráfico es denso, pero rápido. Aquí los conductores manejan como endiablados, incluido en chófer de la van de Velotax, que parece hacer carreras con vehículos de otras compañías de transporte. Especialmente enojado parece cuando nos adelanta un autobús de la compañía Bolivariano. Entonces aprieta más y más el acelerador.

Con una hora y media de adelanto sobre el tiempo previsto, llegamos a Bogotá. Cruzar la ciudad hasta la Terminal, punto de llegada y salida de todo el transporte por carretera de la capital, cuesta otra larga media hora. Esta es una ciudad extensa que mañana dedicaré el día a descubir, al menos en parte.

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UN DÍA EN EL CENTRO DE BOGOTÁ
(7/1/2008)

A primera hora de la mañana, todavía con un frío intenso en Bogotá, cruzo media ciudad para llegar hasta la Plaza de Bolívar, centro neurálgico de la capital colombiana. El trayecto me permite comprobar el tamaño de esta metrópolis que acoge ya 8 millones de almas. Pese a la ausencia de tráfico, tardo más de media hora en cubrir el trayecto entre El Tintal -junto al aeropuerto- y el centro.

LA PLAZA BOLÍVAR Y LA CANDELARIA

La Plaza de Bolívar, el punto de inicio de mi excursión, está todavía tranquila, apenas gente. Son las ocho y media de la mañana. Me tomo mi tiempo para contemplar los edificios que tengo a la vista. Al sureste la imponente fachada de la Catedral Primada, desgraciadamente cerrada a esa hora al público, y junto a ella la Capilla del Sagrario. Al suroeste la imponente fachada del Capitolio Nacional, sede del gobierno colombiano. Al noroeste el Ayuntamiento, cubierto por una gran lona con fotografías de secuestrados por las FARC que reivindica su liberación. Al noreste, el Palacio de Justicia. Y en todas partes un sinfín de palomas que revolotean alrededor de los pocos visitantes que a esa hora ofrecen semillas de maíz a estas aves, que ayudan a completar la postal de la Plaza Bolívar.

Durante un par de me dedico a caminar por las calles del centro. Primero al sureste, justo por detrás de la Catedral, por donde se extiende el barrio de La Candelaria, lugar donde puede observarse la más interesante arquitectura colonial de esta ciudad. Sus calles empedradas, formadas por casas bajas coloniales pintadas de vivos colores y que acogen en muchos casos museos, cafés y restaurantes -la mayoría cerrados a esta hora-, ascienden hacia la loma en la que, tras la tupida vegetación del fondo, se divisa en lo alto el Cerro de Monserrate, el popular mirador de la ciudad. Trataré de visitarlo antes de abandonar Bogotá.

Las calles de La Candelaria están tranquilas, sin apenas gente. Pero bien vigiladas. Policías y algunos militares en la zona del Museo Militar, pasean por la zona dando seguridad al visitante. A estas tempranas horas creo que soy el único visitante extranjero. Todo anda tranquilo. Quizás demasiado.

ALREDEDORES DE PLAZA BOLÍVAR. LA AVENIDA JIMÉNEZ Y EL TRANSMILENO.

Decido volver sobre mis pasos y caminar de nuevo desde la plaza en dirección noreste, bajando por la carrera 7 hasta la Iglesia de San Francisco y el Parque Santander, una agradable zona ajardinada en la que se encuentra el Museo del Oro, que pretendo visitar. Está cerrado desde diciembre de 2008 por reformas. Aunque los vigilantes del lugar me informan que parte de la colección del museo se expone en otro recinto de La Canderlaria, decido abandonar la zona caminando hacia el oeste por la Avenida Jiménez, donde la actividad comercial y de negocios ya está siendo notable. El gentío va y viene. Comerciantes, paseantes y ejecutivos que entran y salen de alguno de los edificios de oficinas, se entrecruzan. Entre la multitud, llegan unidades del TransMileno, el autobús urbano de vía reservada que recorre de punta a punta la ciudad de extremo a extremo. Cada autobús rojo que llega, descarga y recoge un buen número de pasajeros. No en vano este medio de transporte es utilizado a diario por cientos de miles de bogotanos para acceder al centro. Siguiendo al oeste por Jiménez, llego a un lugar donde se concentran librerías que ofrecen ejemplares de segunda mano a precios populares. Me agrada ver tantos libros en un país en el que hasta ahora apenas encontré lectores de periódicos. Veo que la capital es distinta a los barrios populares de los pueblos y ciudades.

Llega la hora de almorzar. He quedado con Andrea, una amiga bogotana, que ha prometido enseñarme lugares imprescindibles de la ciudad. Justo a tiempo. De los muchos establecimientos que hay en el centro -la oferta es infinita-, mi acompañante elige un establecimiento de la carrera 7, más allá del Parque Santander, llamado La Cucharita Colombiana. El agradable y abarrotado local ofrece una carta extensa a precios medios, que incluye especialidades paisas. Nos decantamos por una típica bandeja paisa, plato típico de la zona de Antioquia que incluye arroz, frijoles, platano frito, chorizo, morro de cerdo y aguacate. Casi nada.

ARTE MODERNO, CAFÉ Y CHICHA

Tras semejante comida el paseo. La opción elegida es el MAMBO, no el baile!, sino el Museo de Arte Moderno de Bogotá, cercano al restaurante. El museo ofrece una intrascendente exposición colectiva de artistas jóvenes colombianos y una divertida exposición del autor Pedro Cruz -tampoco es el humorista!-, junto a otros artistas colaboradores titulada "Love is in the air". Estética pop, humor y color que despiertan la sonrisa. Muy interesante.

Una opción muy recomendable a la salida del museo, si el día está lluvioso y frío como hoy, es visitar el Centro Comercial Terraza Pasteur, una curiosa construcción circular con cuatro niveles repletos de pequeños establecimientos dedicados principalmente al ocio. El Café Cinemá, cuyo logotipo está inspirado en el mundo de Pedro Almodovar, es una excelente opción para tomar un buen café tinto en compañía de lo más progre de Bogotá. Alguna fotografía de El Ché y un cartel donde se indica que "no se vende Geno Cola, la chispa de la muerte", indica un poco el perfil ideológico del personal, fundamentalmente universitario que frecuenta el establecimiento.

La tarde cae y apetece pasear. Pese a la ligera lluvia, Andrea me invita a pasear de nuevo por La Candelaria, de nuevo casi desierta a estas horas, a la búsqueda de alguno de los muchos bares de ambiente universitario y cultural que existen en la zona y que a esas horas de la tarde ya deben estar abiertos. Tras un paseo y algún intento fallido -un martes laborable no es el mejor día para salir en una ciudad como esta-, acabamos en el punto más antiguo de la ciudad, la plaza del Chorro de Quevedo y su pequeña ermita. De ese lugar parte una empedrada callejuela llamada Calle del Embudo, por su estrechez inicial y su amplitud en su último tramo. Es en esa calle donde nos detenemos. Varios pequeños locales, de ambiente acogedor, anuncian en su fachada la venta de Chicha, bebida ancestral colombiana consistente en una especie de agua de maíz fermentada.... y alcohólica! En el bar Rock & Chica, nos detenemos. En su agradable sala superior, donde apenas caben una veintena de personas muy juntitas, se sirven raciones generosas de esta inquietante bebida, que según me cuenta mi anfitriona, estuvo incluso prohibida en un tiempo en Colombia. La chica va haciendo su efecto mientras en los televisores de la acogedora sala se proyectan vídeos de clásicos del rock... Deep Purple, Led Zeppelin, ACDC. Aerosmith... Toda una experiencia.

Gracias, Andrea.

Mañana, partiré hacia Leticia-Tabatinga. En el corazón del Amazonas.

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LETICIA, TABATINGA. Y POR FÍN... EL AMAZONAS.
(9/1/2008)

Pese a que hubiese preferido la emoción de volar con una vieja avioneta Cesna a hacerlo con el moderno DC82 de Aero República, el vuelo a través de la selva amazónica impresiona. Poco después de haber alcanzado la altura de crucero, el paisaje que las densas nubes dejan ver, cumple con lo esperado. Durante casi todo el tiempo de vuelo, allá abajo, sólo se ve el tupido tapiz que forman las copas de los árboles más altos de la jungla, que se interrumpe aquí y allá por serpenteantes ríos que los atraviesan. Impresiona pensar que un tercio del territorio colombiano sigue siendo una jungla impenetrable habitada por indígenas, guerrilleros, cocaleros y otras gentes de mal vivir.

Al fin, el avión inicia el descenso y comienza a verse a través de las ventanas el gran río... el Amazonas serpentea en este tramo y se abre paso majestuoso entre la densa jungla. Y de pronto, entre los árboles, la ciudad de Leticia, en la ribera colombiana del Amazonas. El punto más lejano del país al que uno puede aspirar viajar. Emociona. Un calor sofocante nos recibe. Nada que ver con el fresco clima de Bogotá. El shock térmico es importante. Tras instalarme en uno de los modestos hoteles del la ciudad, el Yuruparí, en el que reservé habitación desde Bogotá para no perder demasiado tiempo con estos trámites, salgo a caminar la pequeña ciudad de Leticia.

LETICIA Y EL AMAZONAS

El ambiente relajado de la ciudad, sólo interrumpido por la increíble cantidad de motocicletas que circulan por sus calles, unido al clima cálido y húmedo, me recuerda al de una ciudad caribeña. Sin embargo el mar está lejos, muy lejos. Me dirijo callejeando hasta la ribera, como no podía ser de otro modo. Ahí está, el Amazonas. El río del que tanto oí hablar desde niño, sobre el que tanto leí... Se abre ante mí. La ribera frente a la ciudad es un ir y venir de canoas y de otras embarcaciones que transportan pescado y otras mercancías de un lugar a otro. Una atestada piragua traslada a una treintena de indígenas a la isla frente a Leticia, donde se adivina un núcleo urbano diminuto. En esta ribera, varios destartalados almacenes anuncian la venta de pescado fresco y congelado. Y un poco más allá, un pequeño mercado donde se venden frutas, pastas y bebidas al público, cien por cien local. Ni uno solo del puñado de turistas extranjero que viajaba en el avión, se aventuró hasta allí. Vamos bien.

Tras sentarme un buen rato bajo el agobiante sol de mediodía y dejarme embriagar por aquel ambiente, decido dejar, de momento el río. Volveré a él muy pronto y con mucha más intensidad. Ahora reclama mi atención otro asunto: Tabatinga.

TABATINGA

El punto donde me encuentro, querido lector, además de ser el lugar donde Colombia se encuentra con el gran río, es el lugar donde se encuentran tres países: Colombia, Brasil y Perú. A este último se llega cruzando el Amazonas, opción que queda fuera de mi agenda hoy. Sin embargo a Brasil se llega... ¡caminando! Si uno baja unas cuantas cuadras desde el hotel hasta cruzarse con la Avenida Internacional de Leticia, acaba llegando a un punto donde un pequeño puesto fronterizo sin barreras, en el que no se controla la entrada y salida de personas y vehículos, unas banderas y un cartel indican que se acaba de entrar en el Amazonas Brasileño: Tabatinga. En realidad, creía yo, Leticia y Tabatinga son una misma ciudad separada por una frontera. Me equivocaba.

El shock al seguir por la Avenida Internacional y seguir caminando hacia el este es total. Antes del anecdótico punto fronterizo, los rótulos de los establecimientos comerciales son todos en español y desde ese punto, son todos en portugués. En la parte colombiana se vende cerveza Águila y Ron de Caldas en pesos colombianos. En la parte brasileña cerveza Bramha y cachacaen reales brasileños. En Colombia funcionan taxis y en Brasil moto taxis. En Leticia se escucha salsa y reggaeton, en Tabatinga música brasileira. Antes del punto fronterizo la gente que camina por la calle es de rasgos colombianos y después, claramente se ven rasgos brasileños. Y lo más sorprendente... en cuanto uno deja Leticia y entra en Tabatinga, es decir, camina 10 metros... ¡todo el mundo habla en portugués! Realmente es una experiencia extraña, uno tiene la sensación de haber cambiado de país... en un segundo.

Y MAÑANA... LA SELVA

Son las cinco de la tarde, el sol comienza a caer tímidamente. Estoy empapado en sudor después de la larga caminata. Antes de retirarme al hotel para darme un baño en la piscina -lo mejor de este destartalado hotel-, tengo que resolver un asunto importante. Para poder adentrarme en el Amazonas y en la selva, tengo que contratar los servicios de un guía o de una agencia de viajes local. Y tengo que tener cuidado con quién la contrato porque no quiero acabar adentrándome en la jungla con una veintena de ruidosos turistas medio borrachos para dormir en un hotel con todas las comodidades en medio de la nada... busco otro tipo de incursión... una más auténtica y a ser posible en solitario.... y si mi instinto no me falla, sé donde la voy a encontrar.

Los próximos dos o tres días, mi querido lector, no podré actualizar este blog. En la jungla amazónica no hay acceso a internet. :)

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EL AMAZONAS PERUANO. LA COMUNIDAD DE GAMBOA.
(13/1/2008)

Adentrarse en la jungla amazónica desde Leticia o Tabatinga, mi querido lector, es una aventura accesible para casi todos los viajeros. Si bien es cierto que a cinco o seis días de marcha atravesando la impenetrable jungla se encuentran comunidades indígenas que viven totalmente aisladas de la civilización, lo cierto es que en la zona donde me encuentro, puede llegarse en pocas horas de navegación a comunidades indígenas que, pese a que están en contacto habitual con la civilización, siguen viviendo de un modo tradicional.

En Leticia y Tabatinga existen pequeñas agencias de viaje que organizan excursiones de uno o varios días la jungla. Muchas de estas agencias disponen de alojamiento en confortables cabañas, que facilitan al viajero una aventura selvática sin renunciar a demasiadas comodidades.

Mi intención, sin embargo, pese a la falta de tiempo, era realizar mi inmersión en la jungla de la forma más auténtica posible. Ayudado por mi inseparable guía Lonely Planet, contacté con la pequeña agencia Amazon Jungle Trips, situada en la Avenida Internacional 6-25 de Leticia, muy cerca de la frontera con Tabatinga y Brasil-. Esta pequeña empresa, regentada por el señor Antonio y su hija Jussara, dispone de un acogedor albergue turístico a unos 75 km de leticia, sobre el Río Javarí. Tras explicarle a Antonio mi plan de pasar en la jungla dos días y hacerlo fuera de loa albergues turísticos, y preferentemente en solitario, me propuso pasar unos días con una familia indígena en cercana comunidad de Gamboa, una comunidad que se encuentra en la ribera peruana del Amazonas, a poco más de una hora de navegación a motor desde Leticia. Acepté el precio, unos 200.000 pesos y concertamos la salida para primera hora del día siguiente. Antonio me recogería en mi hotel.

CRUZANDO EL AMAZONAS: ANACONDAS Y DELFINES ROSADOS

En compañía de Jussara y de Paul, un taxista holandés que anda haciendo un viaje inciático de mochilero por sudamérica, me traslado hasta el puerto de Tabatinga. Desde allí, en una canoa a motor propiedad de un simpático brasileño, nos adentramos en las turbias aguas del gran Amazonas, rumbo a la ribera peruana. No hay fronteras aquí. El pasaporte sólo es necesario cuando uno sube a un avión o a un ferry. Las distancias y la impenetrabilidad de la jungla garantizan que desde aquí, nadie puede adentrarse en Brasil o en Perú por sus medios o en una sencilla canoa.

La travesía por el inmenso Amazonas, de poco más de una hora, es apasionante. Tenemos la inmensa suerte de encontrarnos en pleno cauce del río con una pequeña anaconda. Según nos explica nuestro motorista este encuentro es de lo más extraño, ya que estos reptiles sólo se encuentran en la profundida de la jungla y es muy raro verlos tan expuestos. Un poco más allá, un chapoteo a babor. Y tras un instante, una pareja de delfines rosados. El misterioso mamífero avanza río arriba asomando cíclicamente su cabeza y lomo para respirar, totalmente ajeno a nosotros, que hemos parado el motor para disfrutar de la magia del momento. Emociona.

Tras unos minutos los delfines desaparecen y continuamos la travesía. En el punto en que el experto motorista considera oportuno, dejamos la ribera norte del Amazonas para cruzar las aguas en perpendicular hasta la ribera opuesta. La fuerte corriente obliga al navegante a rectificar continuamente el rumbo para enfilar con éxito la desembocadura del pequeño río Gamboa, por donde finalmente nos adentramos. Estamos en Perú.

Remontamos este río estrecho, plagado de vegetación flotante que con habilidad esquiva el motorista, y nos adentramos en su cauce. Nos cruzamos con otra piragua que viaja en dirección contraria. En ella va un indígena con una carga de pescado. No lleva motor. Nos saluda y sigue su camino. A los pocos minutos, aparece una tradicional vivienda amazónica a babor. Un grupo de niños nos miran con curiosidad. Seguimos navegando y un poco más allá, arribamos a nuestro destino, la casa de Tertuliano, nuestro alojamiento en la Comunidad de Gamboa.

Nos recibe uno de los hijos de Tertuliano y nos cuenta que su padre salió con la canoa a desatascar el río, que ha quedado obstruído por la vegetación flotante que la corriente trae río abajo, no tardará. Paul y yo descargamos las hamacas, el agua potable y algunos víveres que hemos traído y nos instalamos en la casa. Se trata de una casa totalmente construída con madera, y soportada por altos pilares, que protegen a la vivienda de las crecidas del río. La casa ha sido totalmente construida por Tertuliano utilizando sólo maderas que crecen en la jungla baja que se extiende detrás de la casa. No hay luz, ni agua corriente, ni baño, ni por supuesto televisión.... ni siquiera una radio a pilas. Esto promete.


UN PASEO POR LA JUNGLA. MONOS, PÁJAROS... Y MOSQUITOS.

Por la tarde, después de disfrutar de un sencillo almuerzo preparado por Nazaret, la mujer de nuestro anfitrión, nos preparamos para hacer una caminata por la jungla. Vestidos con ropa larga, botas de agua altas y provistos de un potente repelente de insectos, agua y machetes, partimos de la casa y nos adentramos en la selva.

Tras poco más de media hora de caminar por la estrecha senda que Tertuliano mantiene abierta entre la espesa vegetación, nos sumergimos en la penumbra de la selva. El calor es asfixiante y nubes de mosquitos nos rodean. Pese al repelente, las picaduras son inevitables. Hay que acostumbrarse a estas duras condiciones para poder disfrutar del paseo.

Tertuliano, conocedor como pocos del entorno, nos explica a Paul y a mí pacientemente las propiedades medicinales de cada una de las plantas y árboles que nos vamos encontrando. Se para cada vez que escucha el canto de un ave y nos dice el nombre y las características de cada una. Y de cuando en cuando mira en los recovecos de la rugosa corteza de los árboles buscando alguna tarántula que enseñarnos. Toda una experiencia.

Más adelante, cuando la jungla se vuelve más espesa y húmeda, Tertuliano se detiene en seco y nos pide silencio. Su oído experto es capaz de identificar un sonido de entre todos los que se escuchan en la jungla. Monos. Nuestro guía identifica la dirección de donde viene el sonido y calcula la dirección del deplazamiento de una familia de monos, que santan de rama en rama. Con el máximo sigilo con que nos es posible -no es nada fácil moverse en silencio por la selva-, damos un rodeo con la intención de interceptar al grupo de monos. Lo conseguimos. En un punto determinado, nos detenemos y quedamos en silencio observando con dificultad las copas de los árboles. Ahí están... Saltando de rama en rama, una docena de pequeños monos avanza por la selva. Un encuentro inolvidable.

Seguimos nuestro paseo por la jungla, hasta llegar a un punto en que se abre un claro. Aquí los árboles han sido talados y en el suelo, casi al azar, aparecen pequeñas parecelas donde la mano del hombre ha plantado malanga, cilantro, cebollas y otras plantas comestibles. Los indígenas talan parte de la selva para utilizar su madera y plantar alimentos. Entristece, pero se comprende.


BUSCANDO CAIMANES EN LA NOCHE DEL AMAZONAS

Cae la noche en la comunidad indígena de Gamboa y los mosquitos incrementan su actividad. Tras una cena tradicional a base de pescado amazónico frito y arroz blanco, mi anfitrión en su característico español, me propone "ir a mirar caimanes". Me explica que podemos coger la piragua -también construída por él mismo- y remontar el río con una linterna a buscar estos reptiles, de hábitos nocturnos. Paul está agotado y prefiere quedarse descansando. Yo no pienso dejar pasar esta oportunidad. Vamos.

La claridad de la luna llena y el profundo conocimiento del río de Tertuliano, hace posible que naveguemos sin luz ni motor por el río. La noche en la jungla es apasionante. Los sonidos son radicalmente distintos de los del día. Los pájaros que se escuchan son otros. El croar de las ranas es omnipresente Y centenares de animales bioluminescentes que se pueden ver sobre la vegetación flotante y volando sobre las riberas del río, dan un cariz mágico a la travesía. Fascinante. De cuando en cuando Tertuliano enciende su linterna y barre con ella las orillas del río y la vegetación flotante. Espera que el haz de la linterna se refleje en los ojos de un caimán. No hay suerte.

Durante dos largas horas navegamos por el río Gamboa en silencio, escuchando la música que la selva. Tertuliano responde pacientemente a mis preguntas sobre los sonidos que se escuchan. "Eso es una ranita verde pequeña", "esto otro es un pájaro"... Mi paseo nocturno por el río fue una experiencia inolvidable.


PESCANDO PIRAÑAS EN LA SELVA INUNDADA

Tras una noche de sueño incómodo por la falta de costumbre a la hamaca y por el calor, me levanto con las primeras luces. Son las cinco y media de la mañana.
Tertuliano se fue ya a revisar el cauce del río. Parece que durante la noche se taponó de nuevo por la bajada de vegetación flotante. Aprovecho para dar un paseo por las inmediaciones de la casa, comer algunas guayabas de las matas cercanas y me divierto un rato dando de comer al mono que vive en la casa.

Más tarde, Tertuliano regresa y le propongo dedicar la mañana a la pesca. Paul se muestra conforme y tras preparar los aparejos -unas varas flexibles con sedal y un anzuelo- y permitirme el lujo de enseñarle un nuevo nudo para unir sedal y anzuelos, cogemos un pez que sobró de la comida de ayer como cebo y subimos a la piragua.

Tertuliano nos lleva a la margen este del Río Gamboa, donde las aguas han inundado ya buena parte de la selva. Con cuidado y esquivando árboles y ramas hundidas, nos adentramos en la fantasmagórica penumbra de la selva. Parece que este es un buen sitio para la pesca, ya que las pirañas y otros pescados prefieren cazar y ocultarse entre las ramas y troncos de los árboles sumergidos.

Tras intentarlo en varios lugares distintos y sufrir una vez más la picadura de mosquitos y de unas traicioneras hormigas rojas que caen de los árboles, la jornada se cierra con la más que modesta captura de dos pequeñas pirañas. Las comeremos fritas hoy mismo.

Por la tarde llueve torrencialmente en la comunidad de Gamboa. La lluvia nos obliga a recluirnos, mientras el aroma a tierra mojada invade el ambiente. La lluvia siempre me provoca cierta nostalgia, y siento de verás no tener más tiempo en esta ocasión para disfrutar de la selva y de este sencillo modo de vida que Tertuliano y su familia me han descubierto.


Leticia, Tabatinga y el Amazontas de las tres fronteras, a vista de pájaro.
(c) Google Maps.

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LA NOCHE DE LETICIA Y TABATINGA. SABOR AMAZÓNICO.
(13/1/2008)

Tras regresar de la selva, un buen baño en la piscina de mi hotel y de nuevo listo para disfrutar de las comodidades de la vida moderna. Esta noche he quedado con mi nuevo amigo Paul, el holandés con el que he compartido mi aventura en Gamboa, para cenar y descubrir la noche de Leticia y Tabatinga.

De entre la oferta gastronómica disponible, tras consultar con algún taxista, me decanto por cenar en el Restaurante Tres Fronteiras do Amazonas, en la Rua Rui Barbosa s/n de Tabatinga. Parece ser el mejor de la zona. Allí nos vamos. El restaurante, situado a orillas del río, es de lo más acogedor. Un excelente servicio a cargo de personal brasileño, nos ofrece la posibilidad de degustar carnes, pescados amazónicos, y hacerlo a la brasileña, es decir, acompañados de farofa -harina de mandioca- y refrescante cerveza brasileña Antarctica de medio litro. La cena resulta ser excelente.

A la salida del restaurante, dudamos si continuar la noche en Leticia o en Tabatinga. Nuestras dudas quedarán aclaradas de inmediato. A pocos metros del restaurante, la policía llega al lugar donde acaba de ser asesinado a tiros por un sicario un ciudadano colombiano. Decidido, nos vamos para Leticia. Tal y como nos había comentado el taxista colombiano que nos trajo hasta aquí, este lado de la frontera brasileña es más peligroso que el lado colombiano, en el que no suele haber incidentes violentos. Parece que tenía razón.

Tras superar un exhaustivo control en la hasta ahora inexistente frontera entre Leticia y Tabatinga -Colombia y Brasil-, provocado sin duda por el asesinato del colombiano, nos dirigimos hasta un local que conoce ya Paul. Se trata del Mossh Bar, un acogedor pub de moderno diseño que se encuentra en el Parque Santander de Leticia. Allí tomamos las primeras cervezas, a la espera de que sea hora de acudir a la discoteca.

La discoteca de Leticia es Kahlúa, una típica discoteca colombiana, donde se sirven botellas y canecas de aguardiente y ron a un público que se sienta en las mesitas situadas alrededor de la pista, y que se levanta a bailar cada vez que tiene ocasión. La música, como suele ser habitual en Colombia, combina clásicos de la salsa y el vallenato con el reggaeton y con música "de discoteca". Paul y yo, nos hacemos notar ya que somos de los pocos asistentes que se levantan a bailar única y exclusivamente los ritmos electrónicos. El aguardiente va haciendo mella en nosotros y las horas van cayendo. Hacemos algunas amistades incluso en la discoteca, que por parte de ninguno de los dos van a poder mantenerse. Ambos partimos al día siguiente: yo avión hasta Bogotá. Paul en barco hacia Iquitos, Perú.

Casi al amanecer termina nuestra gran noche en Leticia y Tabatinga. No es este uno de los principales atractivos de la zona, desde luego.

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EL FINAL DEL VIAJE. DE NUEVO EN BOGOTÁ.

La experiencia vivida en el Perú amazónico, más concretamente en la ribera del río Gamboa, afluente del Amazonas en compañía de los indígenas ticuna, ha sido inolvidable. Vivencias como recorrer el río en canoa en plena noche, pescar pirañas con anzuelo en la selva inundada, observar a los misteriosos delfines rosados, o adentrarse en la jungla para observar monos y aves en libertad, merecieron la pena.

Ahora, de nuevo en Bogotá, última escala de este viaje, y tras despedirme de mis amigos Jonnier y Patricia, que tan amablemente me han acogido en su casa de Ciudad Tintal, ultimo los preparativos para mi partida. La última noche la pasaré en un hotel de Bogotá, saboreando los placeres de la noche bogotana.

No habrá crónica en este blog de mi última noche en Colombia. :)

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