
Colombia : Cartago, Cali y Popayán
Texto: Juan Carlos Enrique / Fotos: Juan Carlos Enrique y www
PRÓXIMO DESTINO : COLOMBIA
(22/12/2005)
Mi
buen amigo Mauricio mencionó hace algún tiempo
que que volvía
a su tierra, el Valle del Cauca en Colombia, después de
cinco largos años. En aquella ocasión me invitó a visitar
la casa de su familia. Estoy seguro de que ni lo decía totalmente
en serio, ni pensaba realmente que yo iba a aceptar su invitación.
Sin embargo yo soy de los que cuando ofrecen su casa a alguien
lo hacen de verdad. Y como no, soy de aquellos que aceptan
las invitaciones cuando son sinceras. Y en este caso el
tiempo demostró que la invitación de mi amigo lo era. Aunque
él no lo sabía en primera instancia.
Una vez, mi compañera en Onda Cero Esther Eiros escribió
una dedicatoria en un libro que me regaló. "Los viajes,
como las amistades, no se buscan, ellos vienen a tu encuentro.".
Una cita de aquellas que no se olvidan fácilmente y que
es perfecta en este caso. Colombia vino a mi encuentro a
través de mi amigo Mauricio. De eso no hay duda.
Volaré a Colombia tras las navidades. Primera parada... Cartago, Valle del Cauca. El resto del viaje vendrá a mi encuentro.
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EL CONFLICTO QUE NO APARECE EN CARACOL TV
(27/12/2005)
Para
cualquier europeo o norteamericano que esté día en actualidad
internacional, Colombia sería uno de los últimos destinos que
elegiría para unas tranquilas vacaciones. Al igual que pocos europeos
eligirán Irlanda del Norte o Euskadi.
Ok, querido lector: la comparación no es del todo válida. ¿O sí?
Visto desde fuera, el conflicto vasco y el colombiano son terribles.
En Bilbao se ven cócteles molotov, tiros en la nuca y hasta hace
bien poco, secuestros.
En Colombia también hay secuestros, ráfagas de ametralladora y
violencia de todo tipo. Vale, vale... hay más violencia en Colombia
que en Euskadi. Cierto. Pero al igual que el terrorismo de ETA
y la kale borroka no son para mí impedimento para conocer
ese bello rincón del mundo llamado País Vasco, tampoco las guerrillas,
los paramilitares, los narcos, los agentes de la CIA, los delincuentes,
ni el ejército van a impedirme conocer un país que se adivina
fascinante.
Además,
qué carajo. Hace varios años que tengo en mente visitar
este país y reconozco que me ha faltado el valor necesario para
coger mi mochila, cruzar el charco y plantarme en Bogotá en solitario
para aventurarme por tan complejo lugar. Así que la invitación
de mi amigo Mauri, y sobre todo su inestimable ayuda para moverme
sin excesivos riesgos por su país -cosa que adivino nada fácil
fuera de los guettos turísticos que no pienso visitar-
, es una oportunidad que no se puede dejar pasar en modo alguno.
Y eso sí, tengo que reconocer que la información
que desde hace más de dos meses recibo en mi correo electrónico
a través de una alerta de noticias, no es nada tranquilizadora.
Cuando no son decenas de muertos en un ataque de las FARC, se
trata de muertos en la celebración de la Navidad en Cali,
o de la suspensión de la campaña electoral en determinadas
zonas del país por asesinato de media docena de políticos,
o bien de una docena de muertos en un enfrentamiento entre narcos
rivales. Todos los días me llegan noticias de episodios
violentos que se producen diariamente por todo el país.
Al sur de Botogá, predominan los incidentes con la guerrilla
y al norte y noroeste -donde me dirijo- son los narcos los protagonistas
de cada asesinato.
Eso sí, nada de esto puede verse en Caracol
Televisión Internacional, la televisión de referencia de Colombia,
que podemos recibir por satélite o cable. El presidente Álvaro
Uribe a pocos meses de las elecciones, presenta un país de ensueño
a los cuatro millones de colombianos residentes en el extranjero,
y que por supuesto pueden votar. Las noticias sobre asesinatos,
secuestros, guerrilla y droga, se sustituyen por concursos, culebrones
y astrólogos que nos recomiendan en los noticieros conjuros para
"recibir la energía renovadora de Júpiter". Ojos que
no ven, presidente actual que votas.
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EL VIAJERO QUE NO QUERÍA INICIAR SU VIAJE
(3/1/2006)
Siempre es igual. Y no por
conocida resulta menos molesta esta sensación que me invade
antes de cada viaje. Siento pereza y cierta ansiedad. Uno tiene
un estilo de vida organizado: reuniones, trabajo, amigos, vida
social, un hogar... y cuando observas que en apenas unos días
todo va a cambiar radicalmente, uno siente inquietud ante el
inminente cambio. Cada vez que tengo que realizar un viaje en
solitario, ocurre lo mismo. Y eso que en este caso hay cierta
novedad, ya que al menos en la fase inicial del viaje - y si
la prudencia lo recomienda, igual durante todo el viaje -, tendré
la compañía de un conocido, mi amigo Mauricio que anda ya por
su casa de Cartago.
Y eso que esta vez mi viaje, por necesidades del guión laboral
que rige la vida y los ingresos de uno, es realmente corto.
Apenas dos semanas será el tiempo de que disponga para cruzar
el charco y tratar de conocer, al menos un poquito, este rincón
del mundo.
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Mapa del Valle del Cauca de Colomnia. Al norte, Cartago.
LOS ÚLTIMOS PREPARATIVOS ANTES DE PARTIR
(6/1/2006)
En pocas horas sonará el despertador
e iniciaré el viaje. Dedico la noche del día de Reyes a
organizar los preparativos. Siguiendo la primera regla del
viajero, llevar poco equipaje, preparo una pequeña mochila
de mano en la que incluyo un par de pantalones y camisetas,
una pieza de abrigo ligera, calzado cómodo y los útiles
personales imprescindibles... Una guía de viaje Lonely Planet,
esta vez en inglés... Una copia de "El Código Da Vinci"
de Dan Brown que mi querida Simone me regaló ayer por reyes,
y que servirá para amenizar las largas horas de vuelo y
de esperas en aeropuertos... Un pequeño bloc que será mi
agenda de viaje... y nada más. Al final decido no llevar
mi cámara de fotos. Mejor comprar camaritas desechables.
Las fotografías serán de peor calidad, pero
el disgusto será menor en caso de robo o extravío.
A las 6 AM empieza el viaje. Desplazamiento en coche hasta
el aeropuerto de Valencia, para desde allí volar con Air
Nostrum hasta el aeropuerto de Madrid. De ahí y tras una
espera moderada, diez largas horas de vuelo con Iberia hasta
El Dorado - Bogota. Desde allí, último salto aéreo con Avianca
hasta Pereira, ya en el Valle del Cauca, donde me trasladaré
en coche hasta Cartago del Valle para pasar mi primera noche
en Colombia.
Mi próximo artículo, lo escribiré ya desde el otro lado
del charco.
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CRUZANDO EL CHARCO CON IBERIA. UNA AEROLÍNEA QUE NECESITA URGENTEMENTE DESPEDIR A SU RESPONSABLE DE MARKETING.
(8/1/2006)
A
poco que uno conozca la realidad del negocio aeronáutico,
sabrá que la reciente aparición de las compañías de bajo coste
o low cost, han revolucionado el sector. Las hasta
ahora todopoderosas compañías tradicionales, entre las que
se encuentra la española Iberia, han visto tambalearse los
cimientos de su negocio. Las nuevas aerolíneas compiten con
las clásicas donde más daño pueden hacer: en el precio. Las
tarifas de las low cost son mucho mas reducidas que
las de las compañías tradicionales, y por tanto accesibles
a un mayor número de usuarios. Estos nuevos usuarios, a cambio
de conseguir un precio lo mas reducido posible, están dispuestos
a sacrificar comodidades. Las low cost operan en
pequeños aeropuertos, reducen al mínimo el espacio entre asientos,
no ofrecen catering ni servicios gratuitos durante el viaje...
No hay que ser un genio del marketing para entender que a
las aerolíneas tradicionales, sobre todo en el momento en
que algunas low cost empiezan a operar en vuelos
intercontinentales, les quedan tan solo dos caminos 1. reducir
costes al máximo y convertirse también en low cost o 2.ofrecer al usuario mucha más calidad y servicio para poder
mantener precios altos, dirigiéndose así a un público medio
o medio alto.
En Iberia no se han enterado de esto, por lo que les recomiendo
encarecidamente la destitución inmediata de su responsable
de marketing. Cuando alguien -un servidor, por ejemplo- paga
mas de 1000 euros por un billete Madrid - Bogotá con Iberia,
en clase turista, espera unos mínimos. No es de recibo que
en pantalla aparezca el prestigioso chef Sergi Arola hablando
de la excelente cocina mediterránea que ofrece Iberia y luego
que sirvan la bazofia de siempre. No es de recibo que en un
vuelo de 10 horas no se ofrezca ni un refresco a los viajeros.
No es de recibo que durante tres largas horas ni una sola
persona de la tripulación se dignara a visitar la clase turista
dejando desasistidos a 200 pasajeros.
Todo esto ocurría en clase turista. Eso sí, en la cercana
primera clase -Iberia Plus le llaman-, toda la tripulación
se preocupaba por atender hasta límites insultantes a estos
privilegiados usuarios, entre los que se encontraba -según
me cuentan- el actor que hace de malo en "Pasión de Gavilanes".
Sólo la bodega de vinos al alcance de la primera clase era
impresionante. Si Iberia está pensando en orientar su negocio
sólo a los VIPS, perfecto. Pero deberá convertir las cabinas
de sus aviones sólo en primera clase. Porque los cientos de
pasajeros que viajábamos en turista, seguramente no repetiremos
con esta aerolínea.
Eso sí, en la zona donde me encontraba y ante la falta de
asistencia del personal de a bordo, mi compañero de viaje,
un colombiano nacionalizado venezolano que trabaja de camarero
en Benidorm y yo, acabamos robando cervezas venezolanas Nacional
que repartimos entre todos los viajeros de la zona, básicamente
colombianos.
Nadie se molesto en reprendernos por nuestro desesperado acto
criminal. El personal de cabina estaba demasiado ocupado atendiendo
a los pasajeros de primera.
AL FIN, COLOMBIA : EL AEROPUERTO DE BOGOTÁ
Colombia es verde. La llegada a
Bogotá, la capital del país, en medio de la lluvia es
toda una experiencia. Primero sólo nubes. Después el avión
comienza a descender y la bruma se disipa en un flash
y aparece el omnipresente verde de los alrededores de
la capital. Colombia es verde. Y no solo en el Amazonas,
como cabría esperar, sino también en Bogotá a más de 3000
metros de altitud.
Las
medidas de seguridad son fuertes y se dejan notar el aeropuerto
internacional El Dorado de la capital colombiana, puerta
de acceso al país. Impresiona cruzarse continuamente con
efectivos de la Policía Nacional y el ejercito patrullando
las instalaciones aeroportuarias armados con chalecos
antibalas y fusiles de asalto. Se respira en el ambiente
la conflictividad del país.
Sin embargo en el aeropuerto uno se siente realmente seguro
y el único problema que parece que existe, es el de robo
de efectos personales, por otra parte, común a todos los
aeropuertos del mundo. Bueno, eso y como me cuenta el
colombiano Carlos Alberto, este aeropuerto tiene fama
por la cantidad de hijoeputas que se dedican
a abrir maletas buscando objetos de valor.
Tengo una espera de tres largas horas en el aeropuerto
de Bogotá, antes de embarcar en la ultima etapa del viaje-
Un vuelo vuelo de apenas 200 kilómetros me llevará a través
de las montañas hasta Cartago Valle, a las puertas de
la región de Antioquia, sede durante años del narcotraficante
colombiano Pablo Escobar.
Tengo la tentación de coger un taxi y salir del aeropuerto
para dar una vuelta rápida por el centro histórico de
Bogotá, que se encuentra a apenas 5 kilómetros. Sin embargo
mi amigo colombiano me disuade. Según él, me enfrento
a dos peligros. Bogota por la noche es una ciudad muy
peligrosa y por otra parte puedo tener problemas con los
taxistas que perfectamente pueden ser un gancho de un
secuestrador de turistas. Joder. Esta ultima parte me
sorprende. Decido actuar con prudencia y quedarme en El
Dorado.
Si
tengo que ser sincero, pensaba que muchos de los miedos
que mis conocidos me han transmitido ante mi viaje, eran
infundados y que en ningún caso los colombianos tendrían
esa percepción de inseguridad
que los europeos y norteamericanos tenemos. Pues la tienen.
Y vaya si la tienen.
Amenizo la espera en el aeropuerto actualizando este blog
y tomando un par de cervezas "Aguila" colombianas.
Bueno... para ser sinceros voy a por la tercera...
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EL NORTE DEL VALLE: PEREIRA Y CARTAGO
(8/1/2006)
El vuelo de Avianca de Bogotá a Pereira, apenas dura el tiempo suficiente para poder saborear el café tinto - café largo y claro - que sirve la amable tripulación de cabina.
La llegada al pequeño aeropuerto de Pereira es cuanto menos sorprendente. El avión no aterriza, más bien se deja caer cuando menos se lo espera el pasajero, sobre una pista que presenta una inclinación descendente de unos 30 grados. Al poco de haber tocado tierra, el aparato realiza un viraje a babor en plena carrera. El lugar elevado donde se sitúa el aeropuerto, contribuye a la sensación extraña del aterrizaje.
Tras descender del avión, otra sorpresa. La terminal está abarrotada de ruidoso gentío que contra lo que pueda pensarse, no están esperando a un equipo de fútbol ni a una estrella del rock. Son familiares de los viajeros, que en muchos casos llevan años sin pisar su tierra natal. Es un momento de reencuentros para muchos, incluyendo a mi amigo Pablo, que regresa a su casa de La Unión después de tres años. Su hermana le está esperando y tendrá la amabilidad de dejarme en Cartago, camino de su ciudad.
De Pereira, -"Pereirita la Bella" como la llaman sus habitantes- no tengo ocasión de ver nada más que el aeropuerto. Prometo visitar esta ciudad antes de mi partida. En plena noche, apenas se adivina el verde y rico paisaje que discurre a ambos lados de la carretera que circula casi paralela al Río Cauca. Según me cuentan, el valle tiene una riqueza paisajística inusitada. Habrá que esperar otra ocasión para verlo. El trayecto de unos 45 minutos de duración por una carretera en buen estado, no presenta grandes sorpresas. Poco tráfico, y tres o cuatro controles rutinarios de la policía y el ejército en los que no hay siquiera que parar el coche.
Al fin, Cartago, una ciudad que está fuera de todo circuito turístico. De hecho en las prestigiosas guías Lonely Planet, que habitualmente incluyen cada rincón del país a que se dedican, no menciona ni en una sola ocasión a esta ciudad de unos 200.000 habitantes. Y es que no hay muchas razones para venir aquí, salvo que como yo, tengas amigos a los que visitar. Ya me lo advirtieron. Acá se dice "grande y feo como Cartago". Y por si fuera poco, la ciudad y los propios habitantes, tienen mala reputación entre los propios colombianos. Con estas credenciales, es lógico que no lleguen turistas ni se les esperen.
Sin embargo, para mí, que en todos mis viajes me interesa más conocer a las gentes que al paisaje, sin duda Cartago me ofrecerá una excelente oportunidad de conocer más a este acogedor pueblo.
A mi llegada a Cartago, me recibe mi buen amigo Mauricio con una botella de Ron Viejo de Caldas. Me recuerda que mañana será un gran día. Su hijo Kevin, cumplirá ocho años.
UN PASEO POR CARTAGO
Mi primer día en Colombia comienza muy temprano en la casa de Mauri, el el popular barrio de San Jerónimo. Se respira en el ambiente los preparativos de la gran fiesta que tendrá lugar en la cercana casa de su madre: el octavo cumpleaños de Kevin, y el primero que verá su padre después de tres años fuera de su país.
Tras desayunar un excelente café y una arepa -especie de torta de maíz muy popular-, decido acompañar a Sandra, la tia de Kevin y a Ana, la novia de Mauri y al propio Kevin al centro de Cartago. Con todos horrores que he escuchado sobre Colombia en general y sobre esta zona en particular, mejor dar mi primer paseo por la ciudad en compañía de conocedores de la zona.
Cartago no es desde luego una ciudad atractiva. Su arquitectura es muy funcional y moderna. Casas bajas unifamiliares son el modelo más abundante. Apenas destacan en la torre y edificio de la catedral, de moderna construcción y un par de grandes iglesias. El resto de la ciudad son calles más o menos anchas, plazas más o menos llamativas y modernas tiendas, supermercados. Abundan las tiendas de moda y calzado. No hay que olvidar que la industria textil colombiana es la más importante de toda Latinoamérica. De la vecina Medellín llegan todo tipo de piezas que se venden también aquí en Cartago.
El verdadero atractivo de esta ciudad, está desde luego en sus gentes. En la mañana de domingo, víspera de fiesta, todo el centro presenta un animadísimo aspecto. Las iglesias están repletas de gente. Colombia es un país que se declara católico en un 95%. La mayor actividad junto con las iglesias se observa en las tiendas y supermercados. Mucha gente hace sus compras para la noche y el lunes, que es festivo. Especialmente interesante me resulta la zona del mercado, al que se accede a través de unas estrechas y tumultuosas calles en donde conviene vigilar muy bien las pertenencias de uno. Allí encontramos uno de los rincones más atractivos que pude ver. Los mercados de la carne y productos agrícolas se encuentran en naves separadas. Los vendedores en sus puestos ofrecen todo tipo de productos. Como era de esperar, los mercados de Colombia reflejan la enorme riqueza de su agricultura y ganadería. Hierbas aromáticas y medicinales, frutas tropicales conocidas y desconocidas, carnes... Para un apasionado de la cocina y los mercados, un auténtico paraíso.
Tras la visita al mercado, me despido de mis acompañantes y decido dar un nuevo paseo por las calles céntricas de la ciudad, ya a mi aire. Es ya mediodía y el calor es abrasador. Hago una parada frente a los mercados en la agitada Cafetería Panadería Los Paisas donde una cerveza Poker y unas empanadillas de maíz y carne me ayudan a reponer fuerzas. Se acerca la hora de volver para la casa y echar una mano en los preparativos de la fiesta de Kevin. La tarde será larga.
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Calle de Cartago, con la torre de la catedral al fondo.
(Foto Juan Carlos Enrique)
LOS "TERRIBLES" PELIGROS DE COLOMBIA. BEBIENDO Y CHARLANDO EN EL CUMPLEAÑOS DE KEVIN.
(8/1/2006)
La
fiesta de cumpleaños de Kevin, el hijo de mi amigo Mauricio,
que se prolonga desde mediodía hasta bien entrada la noche,
me ofrece la oportunidad de conversar con familiares y amigos de la
familia venidos desde otros puntos del país, como Bogotá
o Cali. Me interesa el tema de la seguridad y la presunta peligrosidad
del país y de este tema converso en cuanto me surge la ocasión.
Los colombianos son sabedores que para casi todos los extranjeros,
su país es un lugar de fama terrible. Como me cuenta un tipo
que trabaja y vive en Bogotá, cuando llegamos a Colombia, pensamos
que nos van a secuestrar en cuanto bajemos del avión. Se ríe
de nuestra ignorancia y nuestros miedos, y es muy revelador. "Mira
español" - me dice- "Está usted aquí
en una casa, con un montón de colombianos bebiendo aguardiente
antioqueño. ¿se siente usted mal? ¿se siente
inseguro? ¡seguro que no! Inseguro se siente este otro tipo
que tiene a su lado y que es sargento primero del ejército,
cuando anda por la selva enfrentándose a las FARC. Usted tiene
que sentirse inseguro si tiene enemigos, y si trabaja para un narco
o es militar, seguro que los va a tener. Pero si no, ¡nadie
va a molestarle!. Sólo tiene que ir con cuidado cuando vaya
por ahí. No se meta en broncas y ande con ojo que no le roben.
Pero eso de los robos y las broncas, también pasa en su país
¿no?"
Es
así de sencillo. En mi paseo por Cartago sólo tuve que
tener la precaución de agarrar bien mi cartera en algunas calles
estrechas. Era evidente que más de un ladrón andaba
por la zona a la caza de alguna víctima. ¿Pero acaso
no es así en cualquier ciudad?
Para un viajero, la guerrilla o los paramilitares
no ser deben ser una preocupación, salvo que vaya a introducirse
en la boca del lobo, lo cual sería una imprudencia temeraria
que con toda seguridad el ejército no iba a permitirle. Las
guerrillas no actúan en las ciudades. Y los narcos tienen demasiados
líos ocupados en matarse entre ellos, como para preocuparse por un
turista. Querido lector, si viajas a Colombia y actúas con
sentido común, evita los líos, evita mezclarte con gente peligrosa
y eso si, preocúpate por los atracadores, que los hay y muchos.
Pero no hay que obsesionarse.
¿La fiesta? Bien, gracias. :)
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Niños en la fiesta de cumpleaños de Kevin.
COCINA COLOMBIANA: EL SANCOCHO
(10/1/2006)
El sancocho es a los habitantes
del Valle del Cauca, lo que la paella es a los valencianos. Es
su plato preferido, y no hay celebración o día festivo, que no
vaya acompañado de este plato.
Este
plato típicamente criollo consiste en un caldo preparado con carne
de gallina y ocasionalmente cerdo principalmente. Se prepara en
una gran olla, a ser posible a la leña. Cuando la carne lleva
un tiempo hirviendo, se añade el revuelto, que normalmente
consiste en plátano macho, maíz y alguna legumbre como la yuca
o la patata. Cuando los vegetales están cocidos se remata con
un picadillo de cilantro fresco, ají picante y cebolla. Esta sopa
resultante, se sirve acompañada de un segundo plato llamado el seco y que suele constar de arroz blanco, ensalada y
un gran pedazo de la carne utilizada para la elaboración del sancocho.
Para que el lector se haga una idea de la importancia del sancocho en esta zona, solo diré que los últimos dos días, ha sido
el plato que hemos tomado en las reuniones familiares que se han
celebrado en la casa y que será el plato que mañana tomaremos
en una excursión a una finca en el campo.
Por cierto, a ver cómo les explico yo a mis amigos colombianos que en Cuba se llama sancocho a la comida de los cerdos. ¡Rigurosamente cierto!
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AYER MATARON UN MAN EN LA QUINTA
(11/1/2006)
Anoche dispararon a un man -hombre, en jerga- muy
cerca de la casa donde me hospedo en Cartago. Parece que no ha
muerto todavía, pero está muy grave. Según me dicen mis anfitriones,
se trataba de un tipo muy trabajador y buena persona, por lo que
piensan que el sicario que trató de matarlo no iba en realidad
a por él. Probablemente se trataba de una venganza contra otra
persona de su familia o puede que fuera un testigo de un acto
criminal o puede que simplemente lo confundiera con otra persona.
Es así de triste.
Trataré de explicar mejor quienes son y cómo actual los sicarios.
En el Valle del Cauca y Antioquia, zona donde operan algunos de
los mas peligrosos narcotraficantes del país -Pablo Escobar operó
aquí-, la población convive con la figura del sicario. Los sicarios,
no son otra cosa que asesinos a sueldo que responden a las órdenes
de un patrón. No son cosa rara de ver. Según me cuentan en la
misma calle donde me hospedo, viven al menos dos sicarios conocidos.
Son gente más o menos normal, que se distinguen por llevar a veces
un sospechoso bulto en la parte delantera o trasera del pantalón:
la pistola. Los sicarios la llevan para realizar su moralmente
cuestionable trabajo, y las personas que piensan que pueden ser
victimas por uno u otro motivo de un sicario, llevan también armas
para tratar de protegerse. Si uno se fija, la verdad es que las
armas están en todas partes.
Me cuentan historias terribles sobre los sicarios. Estos días
he conocido a un tipo, de aspecto amable, bebedor y juerguista,
que lleva meses escondiéndose en casa de un amigo. No sale prácticamente
a la calle y mucho menos de copas. No puede. Sabe que en algún
lugar de la ciudad un sicario lo esta buscando para matarlo. Su
"delito" no fue otro que tener la desgracia de que uno
de sus mejores amigos, que posiblemente andaba metido en un mal
negocio, fue asesinado a sus pies. El vió al sicario y como puede
denunciarle -cosa que nunca haría, dicho sea de paso- sabe que
este lo está buscando y tratará de acabar con él. El tipo
se esta escondiendo a la espera de conseguir salir del país en
dirección a España, no tiene otro remedio.
El asunto de los sicarios es quizás el problema mas preocupante
al menos de esta zona de Colombia. La norma es sencilla: si no
quieres tener problemas con los sicarios, no te metas en líos
ni en negocios extraños. Pero claro, eso es fácil de decir y difícil
de hacer. Porque un sicario irá a por ti si debes dinero a un
capo narcotraficante, pero también si alguien de tu familia tiene
deudas y no aparece irán a por ti, o quizás si un tipo te debe
dinero y prefiere mandar matarte que pagarte, pero también si
has cortejado a la mujer equivocada, o si has tenido la mala suerte
de ser testigo de la actuación de un sicario...
En la practica el problema es serio. Día sí y día también, muere
gente a manos de los sicarios, que operan en las mismas ciudades
e incluso en pleno día si así lo ordenó el patrón de turno.
La guerrilla, al menos, no tiene capacidad para actuar en las
ciudades, especialmente desde que se iniciara el periodo del presidente
Alvaro Uribe, que con gran esfuerzo militar ha conseguido que
las FARC y otros grupos armados, limiten su actividad a las montañas,
despejando ciudades y carreteras.
LA HOSPITALIDAD DE LOS COLOMBIANOS
Para los recelosos y poco comunicativos
europeos, resulta sorprendente la hospitalidad que ofrecen los
latinoamericanos. Los colombianos no podían ser una excepción.
Si bien mis primeros días en el país han sido posibles
gracias a la hospitalidad de mi amigo Mauri, a fecha de hoy, y
después de haber convivido con familiares y amigos de él,
tengo una decena de ofertas sinceras para visitar diferentes ciudades
del país. Gente a la que he conocido y con la que he compartido
un par de tragos de aguardiente antioqueño, no ha dudado
en abrirme de inmediato las puertas de su casa.
Hoy he decidido aceptar la amable invitación de Alex y Milena,
una encantadora pareja que ha estado viviendo también en la casa
de mi amigo y con la que he compartido buenos ratos. Ellos se
van dentro de unas horas para su casa de Cali, y me han invitado
insistentemente a acompañarles. Así pues, tras el almuerzo
partiré con ellos en autobús para conocer una de
las más importantes y animadas ciudades de la Colombia
central. Y de paso comprobaré si es cierto que, como se
dice en Colombia y también fuera de este país, las mujeres
más bellas del mundo son las de Cali.
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Pese a que en la ciudad de Cartago
opera la mafia de las drogas, este comercio que ofrece "drogas
super económicas" es legal... :)
Espero que se entienda la broma!
(foto: Juan Carlos Enrique)
En compañía de mis nuevos amigos Milena y
Alex, dejo Cartago para dirigirme al sur, hacia la ciudad de Santiago
de Cali, más conocida simplemente como Cali. Pese a ser una ciudad
que se encuentra en el centro de Colombia y muy lejos del mar Caribe,
Cali está considerada la capital salsera del país. De hecho esta
ciudad es mundialmente famosa por su ambiente nocturno, que espero
conocer muy pronto, y por la belleza de sus mujeres. Varias ganadoras
de certámenes internacionales de belleza, estilo Miss Universo,
han sido naturales de esta ciudad. También cantantes como Soraya,
a quien tuve la suerte de conocer hace algún tiempo en una gira
promocional en España.
El viaje desde Cartago hasta Cali, o lo que viene a ser lo mismo,
desde Antioquia a la capital del Valle, lo realizamos en una buseta
directa. Aunque esperaba encontrar una especie de autobús pequeño
o minibús, en realidad se trataba de un moderno y cómodo monovolumen
con capacidad para 7 pasajeros además del conductor. Por escasos
18.000 pesos colombianos por viajero -unos 7 € -, este cómodo vehículo
cubre los 200 kilómetros de recorrido, con una única parada en la
localidad de Buga, a mitad del recorrido. En total son tres agradables
horas de viaje en las que me entretengo observando el verde paisaje
de Antioquia, el Eje Cafetero y El Valle que son las tres regiones
que atravesamos. Toda la zona forma parte del Valle central de Colombia
y que sigue el cauce del río Cauca.
En todo el trayecto no encontramos ni un solo puesto de control
del ejército, y ello pese a que en algunos momentos la carretera
discurre muy cercana a las montañas. La ausencia de militares en
esta carretera, indica que es considerada segura y que por tanto
no necesita la protección militar al no haber peligro de que la
tome la guerrilla. En realidad las zonas rojas de la carretera
principal que atraviesa el Valle del Cauca de norte a sur, están
al sur más allá de Popayán y al norte en las inmediaciones de Medellín.
El sentido común aconseja mantenerse alejado de estas zonas calientes
donde, como me comentaba alguno de los suboficiales del ejército
que estos días he conocido, sin previo aviso la guerrilla monta controles en carreteras principales, a la caza de militares
y posibles objetivos que secuestrar. No deja de sorprender el halo
de misterio e incluso de cierto romanticismo contenido con que los
militares salpican sus relatos sobre la guerrilla. Sin duda les
temen, les odian y de un modo secreto, les admiran.
CONTRASTES
Colombia es un país de contrastes.
Tras convivir algunos días con las gentes de Cartago, la
llegada a Cali es cuanto menos, sorprendente. Mientras que
Cartago es fundamentalmente un asentamiento formado por
casas sencillas, normalmente de una sola planta y con patios
interiores en muchos casos, donde la vida -con el permiso
de los narcos-, transcurre tranquila, Cali es ya una gran
ciudad. Con sus dos millones de habitantes, buena parte
de Cali presenta un aspecto de ciudad moderna y de vibrante
ritmo. Grandes avenidas, algunos rascacielos, una actividad
comercial impresionante y barrios residenciales, sustituyen
a los barrios populares que dominaban el paisaje urbano
de Cartago. En aquella ciudad, en cualquier calle, cualquier
noche, la gente se sienta a la entrada de sus casas, escucha
salsa y rancheras a todo volumen y bebe aguardiente antioqueño
hasta bien entrada la noche. En Cali, según me cuentan,
existen barrios populares -y peligrosos- donde se sigue
esta pauta de vida. Pero en otros muchos barrios, la gente
duerme y descansa, ya que madruga para atender sus negocios
y trabajos. No hay que olvidar que si bien Cali es una ciudad
con gran actividad comercial, en realidad la primera actividad
económica del país es el sector servicios. Y esta actividad
requiere trabajadores eficientes y sobre todo, sereno de
buena mañana.
Mis
nuevos amigos Milena y Alex, gente realmente excepcional
y enormemente hospitalaria, han tenido la amabilidad de
cederme una habitación en el apartamento que ella tiene
alquilado en un barrio residencial conocido como El Refugio.
Es sin duda una de las mejores y más tranquilas zonas de
Cali, una ciudad que sin duda es mucho más tranquila y segura
que Cartago y la zona del norte del Valle. Aun así, hay
que andarse con cuidado.
También hay robos y asesinatos por ajuste de cuentas aquí. Y es por ello que en esta zona residencial, los bloques de apartamentos de tres a cinco alturas, se unen en los llamados condominios, que son el equivalente a lo que llamaríamos en España urbanizaciones.
Eso sí, aquí todos estos bloques cuentan con una valla de dos metros o más con alambre de espino en sus extremos y vigilante, muchas veces armado, las 24 horas del día.
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EL VIBRANTE RITMO DE CALI. LA ZONA COMERCIAL.
(13/1/2006)
Y
no me refiero, querido lector, a la salsa, el vallenato, el reggaeton y el porro, los ritmos que sirven de banda sonora
a la mundialmente famosa noche caleña. Estos ritmos todavía no
los descubrí. Me refiero al vibrante ritmo que las calles de esta
ruidosa y colorista ciudad ofrecen durante el día.
Tráfico intenso, casi endiablado. Los coches particulares, furgonetas
y camiones, compiten en una batalla por el espacio con los llamativos
autobuses urbanos y los taxis amarillos. Todos corren en una alocada
carrera por las calles anchas o estrechas de la ciudad. Un bullicio
que se intensifica en horas punta, y a medida que uno se acerca
al centro por la calle 5 o la 13.
Es toda una experiencia desplazarse en los pintorescos autobuses
por la ciudad. Uno sólo tiene que instalarse en una parada, y
tratar de decidir entre el enjambre de vehículos que pasarán frente
a él, cual es el más adecuado para dirigirse a su destino. Ayudan
las voces de los conductores que van gritando a su paso el nombre
de la calle o la zona a la que se dirigen. Ah, y ¡cuidado! Estos
autobuses urbanos van a tal velocidad que no esperan a que el
viajero acabe de subir o de bajar del vehículo. Arrancan a toda
velocidad cuando uno menos se lo espera. Así, que ¡precaución!
Aún así, es toda una experiencia viajar en estos autobuses. Y
eso sí, muy económica. Apenas 1200 COP por trayecto.
Da
igual si llegamos al centro de Cali, subiendo por la 13, en autobús
o en taxi -ante la duda el taxi es la mejor opción y también muy
económica en toda Colombia-. El caso es llegar.
El centro de Cali es una inmensa zona comercial formada por grandes
conglomerados de tiendas, centros comerciales. En determinados
momentos, uno tiene la impresión de estar recorriendo en un zoco
marroquí, tal es la concentración de establecimientos que encontraremos.
En estos establecimientos se vende fundamentalmente ropa y calzado.
Conviene aclarar que en lo que se refiere a la moda, Colombia
es a América Latina, lo que Italia al continente europeo. La moda
colombiana, es conocida y admirada en toda esta parte del mundo.
Así pues, encontraremos un sinfín de tiendas de moda de todos
los tamaños, calidades y precios.
Pero
no sólo moda es lo que se vende. También abundan los lugares donde
se vende oro, plata y bisutería, muy apreciados y económicos en
Colombia. Y como no podría ser de otro modo, la inmensa y multiétnica
nube de compradores y vendedores que diariamente pulula por estas
coloridas calles, necesita servicios complementarios. Así pues
abundan los piqueteaderos -pequeños restaurantes-, cafeterías,
puestos callejeros de zumos, café y batidos y los coloristas carritos
de los vendedores de frutas tropicales que venden mangos, papayas,
guayabas y piñas de excelente calidad, bajo el implacable sol
del trópico.
Otro negocio sorprendentemente abundante, es la venta de minutos
de celular. Los colombianos son unos apasionados -¿o esclavos?-
del teléfono móvil. Muchas personas llevan más de un terminal
sin que se pueda entender el motivo y llaman y llaman continuamente.
Y esta locura colectiva por el móvil ha sido aprovechada por muchas
personas que se dedican a ofrecer sus teléfonos para que los viandantes
realicen llamadas, a 250 ó 300 COP el minuto. Sorprendente.
Una explosión de colores, sonidos, gentío y sabores a la que dedico
la práctica totalidad de la jornada, hasta la caída de la noche,
en compañía de Milena y Alex.
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Milena y Alex en un piqueteadero.
SOBRE SEGURIDAD CIUDADANA
(14/1/2006)
Espacio de opinión emitido en el programa "Castellón en la Onda” de Onda Cero Castellón. Crónica realizada desde Cali, Colombia)
Sorprende, mi querida Loles, al repasar vía internet la prensa
de Castellón, desde la lejana Colombia donde me encuentro, y encontrar
una vez más en primeras páginas, la noticia de un nuevo asesinato
violento.
No puedo evitar establecer ciertos paralelismos con la terrible
realidad que se vive en este rincón del mundo. Una realidad que
poco a poco va convirtiéndose en cotidiana también en nuestro
Castellón. Aquí, en Colombia, los asesinatos ya sean debidos a
robos o a ajustes de cuentas ejecutados por los temidos sicarios,
son tan cotidianos que prácticamente no tienen ninguna repercusión
en la prensa y televisión locales, salvo en algún tabloide sensacionalista
al estilo del desaparecido periódico español “El Caso”.
Tan sólo aparecen en los medios cuando se trata de grandes masacres.
Ayer, sin ir más lejos, asesinaron aquí en la ciudad de Santiago
de Cali a dos personas a punta de pistola en un semáforo de este
tranquilo barrio residencial desde donde le hablo. Un ajuste de
cuentas. Y la noticia se limita al barrio, donde es un tema comentado
por los vecinos sin demasiado apasionamiento. Están demasiado
acostumbrados.
En nuestra tierra, y pese a que parece innegable que el aumento
demográfico y la llegada de delincuentes y mafias extranjeras
que llegan de este lado del Atlántico y también de Europa del
Este, infiltradas en el colectivo de inmigrantes, están provocando
un aumento de los delitos violentos en Castellón, todavía estamos,
afortunadamente, a años luz de tener una situación de inseguridad
tan grave como en la mayor parte del centro o sur del continente
americano.
Aquí, en Colombia, la situación no tiene remedio. Muchos barrios
de las ciudades y pueblos están literalmente controlados por las
mafias y sus sicarios, y buena parte de las montañas y el campo,
por las temidas guerrillas con las FARC al frente. Y ni siquiera
la mano dura del presidente Uribe, quien se enfrenta a unas
elecciones en marzo, y que ha apostado por acabar con la violencia
de todo tipo, a base de intensificar las acciones del ejército
y la policía, parece que pueda reducir los crímenes a límites
razonables.
No estaría de más que nuestros gobernantes miraran hacia estos
territorios donde se ha fracasado en políticas de seguridad ciudadana,
para tratar precisamente, de no caer en sus mismos errores.
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Alrededores de la zona comercial de Cali.
LA NOCHE DE CALI, CAPITAL COLOMBIANA DE LA SALSA
(14/1/2006)
Mis amigos Alex y Milena se fueron
ya, terminarán sus vacaciones visitando a la familia de
ella en Barranca, una pequeña población de la costa norte
caribeña del país, a casi mil kilómetros de Cali. Sin embargo
han tenido la amabilidad de poner a mi disposición su apartamento,
lo cual nunca se lo podré agradecer bastante. Y no sólo
eso, al comentarles que quería aprovechar para conocer la
noche de su ciudad, pensaron que me vendría bien un guía,
por lo que me pusieron en manos de una amiga de Milena,
noctámbula y conocedora de la noche caleña y de sus peligros.
Le pido a Marcela, que así se llama mi guía, que elija un
buen restaurante. Si bien en las cafeterías, piqueteaderos
y pequeños restaurantes que proliferan por todo el
país, se puede almorzar y comer excelente comida colombiana
a precios muy bajos, esta noche pretendo conocer alguno
de los establecimientos de alto nivel de la ciudad. Casi
todos los restaurantes caros y los mejores bares y discotecas
se concentran en la moderna zona de la calle sexta, a poco
menos de un kilómetro del centro histórico hacia el noroeste.
Allí nos dirigimos.
De entre todos los elegantes restaurantes por los que pasamos
con el coche, mi guía elige un restaurante italiano llamado
Trattoria El Patio Faró, situado en la calle 14. Se trata
de un local con una atractiva fachada que da paso a un elegante
bar, tras el que se abre un coqueto patio descubierto ajardinado.
Tenemos que esperar unos minutos en el coche hasta conseguir
un espacio en el parking vigilado del restaurante. Según
me cuenta Marcela, incluso en una calle tan iluminada, y
aparentemente segura como aquella, dejar el vehículo fuera
del parqueadero es garantía de perderlo. Los ladrones
actúan con rapidez.
Aunque el local está repleto, conseguimos mesa tras una
espera moderada. La carta de El Patio Faró, está compuesta
principalmente por cocina italiana, con algunos toques colombianos
e incluso creativos. Pastas, carnes y pescados son lo más
abundante. Nos decantamos por un carpaccio tradicional,
un rissotto de mariscos y una corvina con salsa
de mango. Todo regado con un excelente Casillero del Diablo,
variedad cabernet sauvignon , uno de los mejores
vinos chilenos, que se ofrece en la carta junto a vinos
argentinos y españoles. Los platos resultan sencillamente
excelentes, el servicio impecable y el lugar encantador.
Como único punto en contra, son excesivamente lentos a la
hora de servir los platos, aunque el camarero se excusó
insistentemente, por lo que se le perdona. Un lugar muy
recomendable, desde luego. El precio rondó, vino y aperitivo
de calamares fritos, los 150.000 COP, unos 50/60 euros.
Muy razonable.
Tras la excelente cena, es la hora de conocer la noche de
Cali. Mi idea inicial era la de recorrer varios locales,
al igual que hacemos en España. Pero aquí, de hecho en muchas
partes de América Latina, no es demasiado práctico. En las
discotecas, independientemente de que se cobre entrada o
no, la clientela se sienta en mesas y no permanece de pie
salvo cuando se levanta para bailar. Además, hay que pedir
botellas enteras de licor, por lo que cuando uno entra en
un local, va a ser difícil que salga al menos por su propio
pie.
Así pues, dado lo avanzado de la hora -es casi medianoche-,
Marcela se decanta por un lugar que según me cuenta no es
el mejor, pero todavía encontraremos mesa disponible ya
que tiene música en vivo y comienza más tarde. El local,
cuyo nombre no consigo recordar en este instante, se encuentra
como no, en la zona de la sexta, centro neurálgico de la
noche caleña. Tras dejar de nuevo el vehículo bajo vigilancia,
entramos. Se trata de un local que probablemente fuera algún
tipo de fábrica antigua, que ha sido acondicionado como
discoteca. No ofrece grandes lujos, pero tiene su encanto.
El establecimiento que ofrece cada noche música en directo
contando con una excelente orquesta residente, que interpreta
magistralmente grandes éxitos de la salsa, del reggaeton e incluso ¡del pop español de los ochenta! El numeroso público
se reparte en las mesas de madera situadas alrededor del
escenario y también en un altillo más tranquilo donde nos
instalamos. El camarero sirve con esmero pequeños vasos
de aguardiente antioqueño, que poco a poco va haciendo su
efecto mientras los pases de la orquesta se alternan con
música pinchada desde la cabina del local. La gente, mayoritariamente
joven, baila y bebe sin descanso. El ambiente, sin duda,
es típicamente caribeño. Y ello a pesar de que Cali se encuentra
a mil kilómetros de este mar. Cali merece sin duda su título
de capital colombiana de la salsa.
A las 2 de la mañana las discotecas y clubes van cerrando.
Tras cruzar toda la ciudad para volver al barrio de El Refugio,
en el sur, llego a mi apartamento. El efecto del aguardiente
es demoledor y caigo a plomo en mi cama.
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]
INDÍGENAS, CONQUISTADORES Y MISIONEROS. EL CENTRO HISTÓRICO.
(14/1/2006)
Los
excesos de la noche anterior, recomiendan un día tranquilo y quizás
una buena dosis de penitencia y redención de pecados. Por ello,
dedico el día a recorrer en solitario el centro histórico de Cali.
Muy cercano a la zona comercial que visité ayer, y situado al
sureste del Río Cali, que atraviesa esta zona, se trata de un
espacio relativamente pequeño. Hay que hacer un poco de historia
y recordar que pese a que la fundación de Santiago de Cali data
de 1536, el verdadero esplendor y crecimiento de la ciudad data
de la primera mitad del siglo XX. En la época colonial, era la
cercana ciudad de Popayán, a unos 150 kilómetros, el auténtico
centro de poder de la zona.
Inicio mi paseo en la impresionante Iglesia de la Ermita, una
espectacular construcción levantada entre 1930 y 1948, que preside
los bellos parques que bordean el Río Cali, y que son al atardecer
un lugar de reunión para los caleños. Tras admirar el edificio,
que desgraciadamente está cerrado a estas horas, camino internándome
por la bulliciosa calle 12, hasta llegar al complejo de la Iglesia
y Convento de San Francisco. El edificio de ladrillos ocre y estilo
neoclásico, se construyó en el siglo XVIII, aunque su interior
está perfectamente restaurado. La torre mudejar de su esquina
sur, merece ser contemplada con detalle, así como la plazoleta
de San Francisco que se encuentra frente al complejo.
Sigo
mi ruta por las iglesias del centro histórico de Cali, hasta llegar
a la zona más antigua de la ciudad. La Iglesia de la Merced, se
comenzó a construir en 1545, es decir, nueve años después de la
fundación de la ciudad. Hoy en día la Iglesia y su monasterio
se encuentran en un excelente estado de conservación, ya que en
los últimos años se ha realizado un esfuerzo por recuperar la
estructura original de todo el edificio, borrando los errores
de "restauraciones" poco respetuosas del pasado. En
la Merced, además de visitar el edificio en sí, podemos encontrar
una excelente exposición permanente con muestras de objetos precolombinos
extraídos de los ricos yacimientos arqueológicos del sur occidente
colombiano, incluyendo los legendarios y difícilmente visitables
por la actividad guerrillera Tierradentro y San Agustín. La colección
es realmente excepcional y está perfectamente organizada, clasificándose
los objetos según su función, y procedencia. Me sorprende sobremanera
ver que culturas precolombinas que convivían a pocos kilómetros
unos de otros, no sólo tenían expresiones artísticas, cultos religiosos
y costumbres radicalmente distintas, sino que además se presume
que tenían características antropológicas muy distintas. Impresiona
especialmente la sala llamada La Muerte, en la que se puede encontrar
una momia precolombina, y varios esqueletos recuperados de fosas
funerarias. Realmente instructivo e impresionante.
Las sorpresas que ofrece La Merced, no terminan con su arquitectura
y con su exposición permanente. Además, el complejo tiene dos
salas que acogen exposiciones temporales. En este momento se exhiben
dos excelentes exposiciones de fotografías. Una de ellas, pertenece
a la macro exposición PHOTOCALI 2006 que está celebrándose en
diferentes recintos de toda la ciudad. La exposición de La Merced
es la titulada "Sueños tan violentamente dulces" del
griego Giorgios Tsarbopoulos. Este fotógrafo comprometido, muestra
durísimas imágenes de niños de zonas en conflicto como Timor,
Angola, Ruanda, Nicaragua o la propia Colombia, en un intento
por denunciar la situación de la infancia en este mundo. Es una
obra emocionante capaz de hacer brotar las lágrimas del espectador
sensible.
En otra sala de La Merced encuentro otra exposición temporal,
en este caso se trata de la conocida obra del norteamericano Edward
S.Curtis, quien entre 1900 y 1930 recorrió toda Norteamérica
conviviendo con los indígenas norteamericanos y fotografiando
su estilo de vida. Son fotografías impresionantes, llenas de fuerza,
que nos narran como fue la existencia de los últimos pobladores
nativos de Norteamérica.
Son ya las cinco de la tarde. Llevo horas paseando por iglesias
y museos. El cansancio comienza a notarse. Decido en un último
esfuerzo, trasladarme hasta el parque que vi frente a la Iglesia
de la Ermita, en el Río Cali. En ese lugar, descanso un buen rato
degustando algunas de las comidas y bebidas que ofrecen los vendedores
ambulantes, mientras espero la hora de subirme a un autobús para
atravesar la ciudad en dirección de mi apartamento. Mientras descanso
dudo entre volver esta noche a sumergirme en la noche de Cali,
ya en solitario, o bien retirarme temprano para partir con las
primeras luces hacia Popayán.
Difícil decisión.
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DE CALI A POPAYÁN.
(14/1/2006)
Hoy el día ha comenzado para mí a las 6
de la mañana, después de haber decidido retirarme pronto anoche.
Con las primeras luces me pongo en marcha y me traslado en autobús
a la terminal de autobuses de Cali. Allí buscaré transporte hacia
la ciudad de Popayán, en el departamento de Cauca, a unos 150
kilómetros de Cali.
En toda Colombia se puede viajar sin problemas en autobús. Son
muchas las compañías de transporte que operan en todas las grandes
y medianas ciudades. Hay mucha competencia y también variedad
de servicios, lo que beneficia al viajero. Por ejemplo, en la
terminal de Cali encuentro al menos cinco compañías de transportes
que cubren la ruta Cali-Popayán. Hay diferentes tipos de autobuses,
busetas y taxis que cubren el trayecto de forma más o menos rápida
y con más o menos paradas. El precio es distinto en cada caso.
Dado que en la ruta que voy a realizar me consta que se han producido
recientemente asaltos a vehículos, aunque han sido siempre en
plena noche, y como medida de precaución, me decanto por un lento
autobús en lugar de un taxi colectivo mucho más rápido. Pienso
que si yo fuera asaltante de vehículos, antes elegiría uno en
que los pasajeros pagan un precio más alto. El ticket del autobús
-ojo que a veces le llaman buseta-, cuesta 10.000 COP, y como
era de prever, soy el único extranjero del vehículo, que aunque
inicia su recorrido semivacío, va recogiendo pasajeros a lo largo
de toda la ruta.
El
viaje a Popayán, última zona considerada totalmente segura antes
de entrar en las zonas controladas por las guerrillas, dura tres
largas horas. Hasta llegar a la localidad de Santander de Quilichao
-en la foto-, donde el bus realiza una parada, el paisaje es bastante
llano y cultivado. A partir de Santander, el paisaje se torna
más agreste a medida que vamos ascendiendo. Popayán se encuentra
a 2000 metros de altura, el doble que Cali. En muchos puntos del
recorrido, la vista es realmente espectacular, alternándose montañas,
lomas, valles y ríos, cubiertos de una frondosa y espectacular
vegetación.
El trayecto resulta muy ameno, ya que continuamente en cada pueblecito
que cruzamos, una legión de vendedores ambulantes ofrece sus productos
a través de las ventanillas o incluso subiendo al autobús. En
un poblado cuyo nombre no llegué a averiguar, compro unos deliciosos
pinchos de carne de cerdo especiada, que se rematan con una papa pequeña cocida. Delicioso tentempié.
Otro de los atractivos del viaje, ya en su último tramo, es la
subida al vehículo de unos pasajeros especiales: indios nativos.
En las cercanías del cruce con la pequeña localidad de Silvia,
un grupo de cinco nativos vestidos con sus ropajes tradicionales
se sube al vehículo. Observo con sorpresa que el revisor del vehículo
se dirige a ellos en todo momento por señas. ¡parece que no hablan
español! En las montañas de Cauca, además de guerrilleros, paramilitares
-paracos- y soldados, resulta que hay todavía indígenas
que viven al estilo tradicional. El grupo tribal más auténtico
son los indios gambianos, grupo al cual probablemente pertenezcan
mis compañeros de viaje.
El viaje hasta la terminal de autobús de Popayán, se produce sin
incidencias. Sin embargo, y pese a lo rutinario del viaje, uno
no puede olvidar que muy cerca, en las montañas que veo desde
aquí, se están librando combates. Pero eso ocurre más allá de Popayán, la ciudad blanca.
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POPAYÁN, LA CIUDAD BLANCA
(16/1/2006)
En
pleno distrito del Cauca y a casi 2000 metros de altura, Popayán
se precia de ser una de las ciudades coloniales mejor conservadas
de toda Colombia. No en vano, tras su fundación en 1537 -un año
después que Cali-, fue adquiriendo más importancia que su vecina
del norte y experimentó hasta el siglo XIX un mayor crecimiento
que esta. Esto probablemente fuera debido a que su clima más templado
la hacía más atractiva para los colonos españoles. Este esplendor
en la época colonial, hizo que la arquitectura civil y religiosa
de la ciudad sea mucho más importante. Además, el legado arquitectónico
del centro histórico se ha conservado de manera ejemplar. Todo
el centro goza de una especial protección y de rígidas normas
en cuanto a la presencia de carteles publicitarios de establecimientos.
Pero no adelantemos acontecimientos.
El primer paso a mi llegada a Popayán fue conseguir alojamiento.
La oferta hotelera de la localidad es amplia y para todos los
gustos. Hay casas familiares que alquilan habitaciones, bellas
casas coloniales convertidas en hoteles, y algún hotel de aspecto
sórdido. Tras tratar de alojarme en un par de casas familiares
-que intuía la mejor opción- y no encontrar plaza libre, me traslado
hasta la carrera 5, donde encuentro en la misma cuadra -manzana-
cuatro alojamientos, el Hotel Capital, Hotel y Restaurante Panamá,
Hospedaje Rossi y Hotel Coraina. Tras una inspección ocular desde
el exterior, noto que están ordenados de mayor a menor calidad,
siendo el Capital el más atractivo y el Coraima el más sórdido.
En un arrebato, entro en el Coraima y contrato un sórdido cuartucho,
repleto de arañitas de todo tamaño y especie en cada rincón de
las paredes del cuarto y el destartalado baño adjunto. Las sábanas,
eso sí, están limpias. Servirá. Cuadro el precio, 12.000 COP -4
euros- por la habitación y salgo a la calle.
Popayán da la sensación de ser una ciudad tranquila y segura,
al menos durante el día. Existe un cuerpo de policía que vela
en la zona histórica por la seguridad de los turistas, la policía
turística. Es una ciudad tiene vocación turística, aunque ha tenido
en los últimos tiempos una drástica reducción en el número de
visitantes extranjeros, ya que la zona ha pasado por momentos
de gran inseguridad debido principalmente a la presencia de guerrillas
en sus accesos. Hoy, no existe problema para llegar a Popayán
desde el norte, por lo que el turismo se está recuperando lentamente.
No es así en el sur, que siguen los combates. Sin embargo, aún
así, la presencia de turistas es casi anecdótica y en mi largo
paseo, no encuentro ni un sólo turista extranjero. Sí encuentro
algunos turistas colombianos procedentes de Cali o Bogotá.
En los documentos que consigo en vacía oficina de turismo, está
presente el slogan "La Ciudad Blanca". No podía ser
más adecuado. Todo el centro histórico de Popayán es de un blanco
inmaculado. Las casas coloniales, hoy reconvertidas muchas de
ellas en comercios o hoteles, conservan su aspecto original, donde
el blanco es el color omnipresente, excepto cuando aparece alguna
de las iglesias de la ciudad, y con ellas los colores ocres y
grises.
UN PASEO POR POPAYÁN
Inicio mi paseo en el agradable Parque Caldas. Se trata de una
arbolada plaza, donde los payaneses se refugian del sol tropical
del mediodía. La plaza está presidida por la Torre del Reloj,
símbolo arquitectónico de la ciudad, y por su adjunta Catedral
que data de finales del siglo XIX.
Dejo el Parque Caldas y me dirijo al este por la calle quinta.
Paso frente al complejo de la Universidad del Cauca, en cuyos
alrededores muchos jóvenes universitarios se reúnen para charlar
o leer. Un poco más allá, se divisa la Iglesia la Ermita, la construcción
más antigua que se conserva en Popayán y que data de 1546. La
agradable y solitaria plazoleta frente a la Ermita, es un excelente
lugar para hacer un breve descanso y probar la papaya que vende
una mujer en el lugar. Dirijo la mirada a lo alto de la loma cercana
conocida como el Morro de Tulcán, más allá de la iglesia. En lo
alto, se distingue la impresionante escultura ecuestre de Sebastián
de Belalcázar, fundador de la ciudad.

Dejo la Ermita para volver sobre mis pasos apenas una cuadra y
visitar el exterior de la Iglesia del Carmen. Desde allí, camino
tranquila y sosegadamente por las callejuelas empedradas de Popayán,
deteniéndome cada vez que veo un edificio que por uno u otro motivo
llama mi atención. Visito varias iglesias, y también el impresionante
edificio del Palacio Nacional, hasta llegar finalmente al Paseo
del Humilladero -en realidad la carrera 6-, que me lleva al Puente
del Humilladero, uno de los más atractivos rincones de Popayán.
Los agradables jardines que se encuentran junto al Río Molino
y al puente, son punto de reunión de payaneses y visitantes, especialmente
durante el fin de semana.
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Calle de Popayán. La ciudad blanca.
COMER Y SALIR DE COPAS EN POPAYÁN
En Popayán, como en toda Colombia, se puede
disfrutar de buena comida a precios realmente económicos. Son muchas
las cafeterías y restaurantes que en la ciudad ofrecen a mediodía
almuerzos completos entre 2000 y 4000 COP -1/2 euros-. En todos
estos lugares nos ofrecerán un menú del día criollo que consistirá
normalmente en una sopa o sancocho y un segundo con carne o pescado
acompañado de ensalada, arroz y frijoles o plátano frito, además
de jugo natural o bebida gaseosa.
Especialmente atractivo me resultó el Restaurante Vegetariano Delicias
Naturales - calle 6 número 8-21 -, en el que pude degustar un excelente
menú vegetariano compuesto por un delicioso sancocho de platanito,
y un segundo compuesto por arroz integral, dos tipos de ensaladas,
una fritura de arroz y un guiso de maíz, además de arroz con leche
o cóctel de frutas tropicales de postre y delicioso jugo natural
de guayaba. Todo por menos un euro, al cambio. Delicioso.
Otra opción para comer, a un coste un poco más elevado, aunque muy
económico para el bolsillo de un europeo, son las loncherías o restaurantes
especializados en carne a la parrilla o al carbón. El mejor de Popayán
es sin duda La Viña. En un ambiente de cierto lujo, y un servicio
de altura que incluye visita del chef a la mesa y románticas velas,
podemos disfrutar generosas raciones de carnes, pescados o arroces.
De entre las carnes destacan la lengua, la popular sobrebarriga o el hígado, además de las chuletas y filetes. En mi visita a La
Viña me decanté por una sobrebarriga, que viene acompañada
por arroz, ensalada y patatas a la francesa -fritas-, regadas por
una cerveza Club Colombia y un delicioso jugo en leche de mango
-batido de mango- que el camarero preparó ante mis ojos tomando
un mango maduro. El servicio fue sencillamente excepcional. La cuenta
subió 14.000 COP, menos de 4 euros. Este es el precio de cenar en
el que posiblemente sea el restaurante más caro y lujoso de Popayán.
Otra opción para comer en esta ciudad, al igual que en toda Colombia,
son los restaurantes de comida rápida donde se sirven pizzas, hamburguesas,
perros -hot dogs- y sandwiches. Los precios son siempre
más elevados que las cafeterías o piqueteaderos tradicionales
y la calidad muy inferior. Hay algunos de estos locales en el centro
histórico, pero los más concurridos de Popayán están en la orilla
norte del río, en la Zona
Rosa. En este lugar se concentran los locales de ocio de la
ciudad. De entre los varios existentes pude visitar el Qkaramakara
y Los Barriles de Alcalá, que ocupan el primer y segundo piso de
un edificio de la zona. Ambos son discotecas donde pinchan música
latina.
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EL CABILDO INDÍGENA DE GUAMBIA - SILVIA
(17/1/2006)
Un poco más tarde de lo previsto, debido
a un importante resfriado que me aqueja, abandono el poco recomendable
Hotel Coraima, con la firme promesa de proporcionarme un alojamiento
un poco más confortable en la noche de hoy.
Me dirijo a la terminal de autobuses de Popayán para tratar de
encontrar un transporte de ida y vuelta en el día para la población
de Silvia. Este es un pequeño pueblo de
5.000 habitantes situado a 2.500 metros de altura, en las montañas
del noreste de Popayán. El motivo que me impulsa a tratar de visitar
este pintoresco lugar, es acercarme un poco más a la cultura de
los indígenas guambianos. Esa gente de marcados rasgos, vestida
con faldas y ponchos coloristas, que cubren sus cabezas con extraños
bombines y que hablan entre ellos lengua extraña, llaman poderosamente
mi atención. En las montañas de Silvia es donde residen esta importante
comunidad indígena.
Pese a ser domingo y existir menos frecuencia de autobuses del
habitual, descubro que no hay problema en encontrar una combinación
para subir a las 9 de la mañana hacia Silvia. Tampoco hay problema
para encontrar autobús de vuelta ya que son varias las empresas
que ofrecen servicio por la tarde. Antes de comprar el billete,
me pongo en contacto telefónico con la policía turística de Popayán,
para consultarles sobre la seguridad de la zona. Silvia es zona
donde se han producido ataques de la guerrilla recientemente.
Me dicen que la zona está tranquila y que puede ser visitada sin
problemas. Allá que voy.
El viaje en el destartalado autobús Chevrolet de la empresa Sotracauca,
resulta muy agradable. El paisaje que puede divisarse a medida
que el vehículo avanza por la retorcida carretera es sencillamente
espectacular. Altas montañas, profundos valles, ríos y verde omnipresente.
Llueve ligeramente y sopla el viento. A través de las rendijas
de las ventanas se cuela un aire fresco. No debemos superar los
10 grados.
Al llegar a la localidad de Piendamó, mitad del recorrido, el
autobús que hasta entonces iba casi vacío, se llena. Entre la
veintena de viajeros que se suben al transporte hay un grupo de
indígenas guambianos
.
El viaje prosigue por un paisaje cada vez más agreste. Sigue lloviendo.
No puedo dejar de sentir cierta emoción mientras avanzamos. Soy
consciente de que estoy en la zona roja de Colombia. Estos son
territorios de los que la guerrilla y paramilitares se adueñan
con cierta frecuencia. Aquí, la política de militarización de
las zonas rurales promovida por el presidente Uribe se deja notar.
En cada cruce de caminos, en cada pequeña población que cruzamos,
unidades de la policía de tráfico, la policía nacional y del ejército,
protegen el territorio. Todos van fuertemente armados con fusiles,
pistola y granadas y contribuyen a elevar la tensión ambiental.
Tras casi tres horas de viaje, el autobús se detiene en la plaza
principal de Silvia. En la zona pueden verse muchos indígenas
vestidos con sus trajes tradicionales. Hace frío.
La suerte me acompaña ya que nada más descender del autobús, me
aborda un tipo de aspecto amable que se presenta como Freddy.
Me dice que es guía turístico de Silvia y que tiene una excursión
en chiva -pick up- al territorio guambiano. Me da un papelito
en el que indica que por 12.000 COP me lleva a visitar a los guambianos,
me explica su modo de vida e historia y me ofrece una comida y
bebida típicas. No sin cierto recelo, acepto. Aunque sistemáticamente
descarto cualquier tipo de excursión organizada, creo que es mi
única oportunidad de adentrarme en territorio indígena, más allá
de Silvia.
La decisión resultó ser acertada.
Freddy nos explica con pasión como los indígenas protagonizaron
violentos enfrentamientos con las autoridades colombianas por
conseguir el control de sus territorios históricos y que pese
a los logros conseguidos, todavía continúa hoy. Nos explica que
viven de manera muy sencilla, obteniendo sus parcos ingresos de
la agricultura de subsistencia y de la cría de truchas. Nos cuenta
que mantienen su propio sistema de gobierno y sus propias leyes,
siendo aquella región un Cabildo Indígena formado por una comunidad
de 12.000 personas, en la que no se permite vivir a nadie que
no sea guambiano. Nos habla de sus tradiciones, modo de vida,
de sus gentes... Freddy es un guía turístico, cierto. Pero con
una relación especial con el orgulloso pueblo guambiano, al que
aprecia y respeta. Por ello, la excursión con la chiva en compañía
de un grupo de turistas colombianos venidos de Cali, resulta ser
apasionante.
Las tres largas horas que pasamos en el Cabildo Indígena de Guambia,
nos sigue un tropel de niños. Ellos saben perfectamente que Freddy
lleva turistas, y que los turistas suelen darles regalos o incluso
dinero. Son unos que se ven felices, juegan, se divierten. Sus
ojos tienen el brillo que sólo los niños tienen, independientemente
de su raza o condición. Pero al mismo tiempo uno no puede dejar
de sentir cierta pena. Muchos de ellos van vestidos con ropa harapienta.
Están sucios. Freddy, propone que no se les de dinero y crea un
fondo común entre todo el grupo para comprar en una tienda guambiana
-para que el dinero quede en la comunidad-, unas galletas o lápices
que iremos repartiendo a los niños que nos vayan abordando. Normalmente
tengo como norma no dar nada a los niños, para que ni ellos ni
sus padres no vean en el turista una forma de vida. Sin embargo,
esta vez pienso que puedo hacer una excepción y contribuyo con
la compra de una treintena de lápices.
Escribiendo estas líneas, no puedo reprimir la emoción que me
produce recordar a aquellos niños encantadores, llenos de vida...
y al mismo tiempo, muchos de ellos, viviendo en unas condiciones
de vida realmente duras.
Mi experiencia con el pueblo guambiano, ha sido sin duda mi más
intensa experiencia en Colombia.
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EL PACÍFICO TENDRÁ QUE ESPERAR. DE VUELTA A CARTAGO.
(18/1/2006)
En la mañana del lunes, amanecí en una confortable
habitación del coqueto Hotel Casona del Virrey me levanté con
la idea de dejar Popayán, para trasladarme de nuevo a Cali, y
desde allí tratar de localizar un transporte para ir a Buenaventura.
Mi
interés por conocer la población de Buenaventura, surge tras una
conversación con el chofer de un taxi, que me habló de esta bella
localidad. Se trata de una población situada en la costa del Pacífico
colombiano, que además de ser el mayor puerto de todo el país,
tiene paradisíacas playas y excelentes lugares para el buceo.
Para un enamorado del mar, la posibilidad de visitar por primera
vez el Océano Pacífico, era sin duda excitante.
Así pues, en la terminal de autobuses de Popayán, me subí a uno
de los muchos transportes disponibles para enlazar con Cali. En
esta ocasión un taxi colectivo de la empresa Velotax, que hace
el recorrido por 18.000 COP por pasajero y que parte de manera
inmediata en cuanto completa las cinco personas de pasaje.
Al llegar a Cali, en unas dos horas y media, encuentro un par
de compañías que hacen el trayecto Cali - Buenaventura en autobús.
Otras dos horas y media de viaje atravesando la Cordillera Occidental
colombiana. La idea es llegar allí a media tarde, para encontrar
un alojamiento, y dedicarme a conocer la zona en la mañana del
martes.
Sin embargo, las cosas no siempre salen como uno planea. De repente
me vino una idea a la mente... ¿vuelo para España el jueves o
el miércoles? Compruebo el pasaje y descubro que el miércoles
por la mañana tengo mi vuelo desde Pereira. Problema.
El sentido común me hace desistir a regañadientes de mi visita
a Buenaventura. Al ser una zona no tan bien comunicada como otras
ciudades, existe la posibilidad -quizás remota- de que tenga problemas
para volver el martes y eso significaría tener problemas para
subirme a mi vuelo intercontinental.
Descartada la visita al Pacífico, decido trasladarme ya hacia
Cartago Valle, el lugar donde inicié mi viaje, para pasar los
últimos dos días de mi estancia en Colombia en compañía de mis
amigos y anfitriones. Ahogaré en buen aguardiente antioqueño mi
frustración.
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LOS SICARIOS VIAJAN EN CICLOMOTOR
(19/1/2006)
Entre
trago y trago de aguardiente, mis amigos colombianos me revelan
algunas informaciones sorprendentes sobre el crimen organizado
en Colombia, tan presente en la ciudad de Cartago Valle.
Me llamó la atención al llegar a Colombia que todos los conductores
de motos y ciclomotores, llevan un vistoso chaleco reflectante
con la matrícula de la moto. Pensé inmediatamente que el objetivo
de esta norma era doble, dar más visibilidad y por tanto más
seguridad a los motoristas, y por otra parte facilitar a la
policía la identificación de un motorista en caso de infracción.
Pero el asunto no termina ahí. Además de esto, me cuentan que
la obligación de llevar estos chalecos, tiene mucho que ver
con la metodología de los sicarios, los asesinos a sueldo de
las mafias. Estos criminales actúan casi siempre con un ciclomotor,
uno conduce y el que va de paquete es el que efectúa los disparos.
Como tenían la costumbre de tapar la placa de la moto, con este
sistema son más identificables. Porque claro, si alguien no
lleva el chaleco es inmediatamente detenido por la policía,
que entre otras cosas, verá si va armado.
Y aún hay más. Normalmente los sicarios son hombres. Por ello
hay una norma que prohíbe expresamente que dos hombres monten
en una moto. Una mujer y un hombre, sin embargo, o dos mujeres,
sí pueden montar en moto. Con esta norma pretenden identificar
a los sicarios con carácter inmediato.
Increíble.
Más
información sobre el chaleco
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LOS SICARIOS VIAJAN EN CICLOMOTOR
(20/1/2006)
Mi
última noche en Colombia, quizás por el deseo de que nunca terminara,
se prolongó hasta el amanecer entre tragos de aguardiente. Después,
tras un pequeño descanso y las despedidas, inicio el camino de
regreso.
De Cartago a Pereira en coche, en medio del verde paisaje. En
el pequeño aeropuerto de Pereira, un vuelo regional de la compañía
colombiana Avianca, me lleva hasta Bogotá. En la capital, los
tediosos trámites de inmigración, controles de seguridad y trámites
con las compañías aéreas, hasta que llega el momento de subir
al vuelo intercontinental de Iberia, a la caída de la noche. Casi
diez horas de vuelo nocturno que transcurren lentamente. Y al
final... llegada a Madrid Barajas. Hogar, dulce hogar...
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UN REPASO A LA PRENSA COLOMBIANA
(22/1/2006)
Ahí
van los enlaces de los principales periódicos y revistas de
Colombia.
El Tiempo es el
diario de más difusión en Colombia. La
República es el periódico empresarial y financiero más
importante. El veterano diario El
Espectador es una publicación de carácter semanal.
En Popayán se lee El
Liberal. En Cali predomina el periódico lEl País, aunque en los quioscos hay otros diarios como el
sensacionalista El Caleño, que no tiene presencia en la red.
La Revista Soho es
lo más gamberro de los quioscos colombianos.
Para leer más, visitar el enlace donde aparecen links
a todos los diarios colombianos.
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